Plaza Mayor

Gadea Gutiérrez


Precario progreso

12/02/2021

Si a cada uno de nosotros nos preguntaran por la esclavitud, así en general, el 99,9% manifestaría inequívoca repulsa hacia una fórmula de trabajo vinculada al pasado. La coincidencia también sería casi total si la cuestión tratara de determinar con cuánto respaldo cuenta la precarización consciente del empleo y la proliferación de trabajos mal pagados, inestables y carentes de protección para el trabajador, no siempre asalariado. La unanimidad es la esperada, porque nadie quiere para los demás lo que no toleraría para sí. Y de ahí que no entienda cómo es posible que la misma persona que rechazaría un trabajo esclavo o ‘basura’ fomente que ese sea el modus vivendi ofertado a un número creciente de personas en el mundo.

Todas las noches me cruzo con unos cuantos repartidores de esas plataformas que ha traído el progreso, hombres y mujeres como yo, que van en patinete, bici o en moto -muchas veces en dirección contraria- con una mochila a la espalda en la que, me juego una mano, llevan unas hamburguesas o algo por el estilo a quien, en aras de la modernidad, gusta de recibir tales mercancías en casa y en tiempo récord. No digo que estos repartidores sean esclavos, pero sí que hacer uso de estas plataformas contribuye a una degeneración del empleo digno. Ese que quien abre la puerta de casa no aceptaría.

También parece considerarse un éxito de este siglo que podamos encontrar en las tiendas camisetas a 6 euros o menos. Todas proceden del extranjero, por lo que no hace falta mucho tiempo para caer en que el precio no paga los costes del transporte ni de la fabricación. A no ser, claro, que el beneficio se esté sacando de lo que no se paga a quien ha hecho realidad la prenda; en este caso un esclavo con todas las letras. Son solo dos ejemplos, pero deberían hacernos pensar. Si esto es progreso, yo, desde luego, no lo quiero.



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