LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Knight of cups

16/10/2020

No existe una manera inteligente de explicar estos últimos meses. Nuestra ceguera va pareja a la cantidad de errores públicos y privados que seguimos cometiendo en cascada. Cualquier servidor público de hace cincuenta años se sentiría avergonzado del nulo liderazgo de los gobernantes y la patética resistencia al dolor de una sociedad anestesiada.
El futuro nos demostrará la magnitud del desastre y la clase política, con el apoyo de los medios, narrará un relato interesado sobre la intensidad de la debacle. Algunos rezarán, figuradamente no se confundan, para que el modelo sueco no salga victorioso de la prueba. Demasiado burócrata sueña con la eficiencia y contundencia china, sin cuestionarse la verdad del éxito o el precio si lo hubiera en su obtención. Es fácil desear lo que no se conoce, porque lo cercano nos parece despreciable o nos aburre.
La libertad y la dignidad humana solo se aprecian en sus justos términos cuando están en peligro o ausentes de nuestras vidas. Solo en esos momentos, valoramos sus matices y los grandes hombres demuestran sus principios, aunque los débiles descubren hasta dónde son capaces de ir con tal de no enfrentarse a sus demonios. Todos deseamos la seguridad de la infancia que te hace irresponsable de tus propios actos. La mayoría no se ve enfrentado a ellos en el día a día, sino en momentos puntuales de nuestra existencia.
Una pandemia ligera ha destrozado a la egocéntrica cultura moderna occidental que no ha sabido reaccionar ante un obstáculo. La economía se ha ido al cuerno, los políticos intentan demostrar que han sido buenos gestores y los ciudadanos pululan desconcertados ante unas consecuencias imprevisibles.
Hace meses paré en una gasolinera de un autónomo que me indicó que desde la pandemia nadie se movía y que tendría que cerrar; pero que lo primero es la salud. No es que quiera ser insensible; pero no somos elfos, criaturas inmortales que solo en circunstancias excepcionales vemos nuestras vidas cercenadas. La cruda realidad es que somos humanos, tenemos un lapsus temporal definido que solo sabe Dios, aunque la Ciencia intente jugar a un conocimiento que carece. No sabemos cuándo ni cómo, pero que ciertamente nos vamos, eso es seguro. Los camposantos están llenos de personas que han vivido dicha experiencia.
La gente no tiene miedo a morir, sino a vivir y nos incomodan las preguntas porque no nos gustan las respuestas. La paz de los cementerios no es la alternativa social.