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Javier Santamarina

LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Romeo + Julieta

19/11/2021

No son pocos en el continente europeo los que disfrutan con cualquier adversidad que pueda ocurrir en Gran Bretaña, repitiendo que todo es culpa del Brexit y de una desastrosa decisión. Insistir en esta idea no va a transformar a la Unión Europea en un proyecto apasionante ni el Brexit es el culpable de todo.

Hace ya más de un siglo, un famoso geógrafo advirtió de los peligrosos de una concentración de talento en Londres y la importancia de la orografía en la toma de decisiones; desgraciadamente, solo los prusianos le leyeron con interés. Un poco más tarde, Hayek hizo un análisis tan claro del futuro que, salvo una élite bien formada, su postura fue ignorada por Europa. Probablemente, cuando vienes de una brutal segunda guerra es normal que la gente prefiera mensajes complacientes, dinero fresco y aceptar perdidas de libertad a cambio de una seguridad irresponsable.

Gran Bretaña es una isla e históricamente han apostado por un Estado fuerte para preservar su bienestar; para ello, han facilitado mayorías parlamentarias que no reflejaban el respaldo popular. Solo Francia ha defendido una concentración del poder público semejante y con una trayectoria sospechosamente parecida. Otras naciones han preferido una descentralización disfuncional que impide al país enfrentarse con éxito a cualquier mínimo reto del presente.

No existe el modelo perfecto, pero sí el concepto ideológico sano. El dogmatismo impide a las sociedades realizar los ajustes necesarios para proteger su estilo de vida. Es obvio que en una sociedad con una pirámide poblacional invertida, el Estado va a perder ingresos fiscales y por fuerza, el país será menos dinámico. En dicho escenario, la Administración debe de retirarse para hacer bien lo poco que pueda. Los retos de Nigeria no son los de Gran Bretaña y sería absurdo pensar que las recetas deben de ser idénticas.

Somos individuos de un momento histórico concreto y debemos dar respuesta a los problemas actuales. Esta flexibilidad intelectual se llama pragmatismo y es la base de la democracia. Una economía sana no depende de una persona, sino de una pluralidad de opciones. Los británicos han detectado con acierto que algo falla en su sociedad, pero se han equivocado de culpable. La Unión Europa no es el responsable de sus males, ni tampoco puede ser su salvador. La apuesta por la homogeneidad gubernativa ha asfixiado la economía, matado el talento y eliminado la diversidad intelectual. Solo ciudadanos amantes de la libertad responsable crean sociedades prósperas.