Plaza Mayor

Evaristo Arzalluz


Cuento de Navidad

24/12/2020

Érase una vez un país que fue asolado por un virus nuevo. Nadie sabía de dónde había venido. Al principio provocaba curiosidad, pero enseguida empezó a causar miedo. Muchos murieron, y de los que sobrevivieron algunos quedaban con graves secuelas. La población, para defenderse, tuvo que restringir su libertad: no se podía viajar, no se podía abrazar ni besar, no se podía ir por la calle sin mascarilla, no se podía entrar en los bares, no podías juntarte para comer o cenar. 
Los investigadores se pusieron a trabajar frenéticamente para encontrar el antídoto pero apenas lo habían conseguido, el virus, que parecía estar esperando el momento, mutó. El mundo libre perdió la esperanza y se dividió. 
Se destruyó lo que une (la cohesión territorial, el idioma común, el poder judicial, la educación, la caja común, la monarquía, la memoria) y se fomentó lo que separa (los parados querían trabajo, los que lo tenían querían un salario mínimo mayor, los jubilados mejores pensiones, los hoteleros y agentes turísticos ayudas, los fabricantes de coches también).
Y eso ocurrió en todas las naciones del mundo libre; miraron cada una por lo suyo; mi nación la primera, decía un país; nos vamos de la Unión, decía otro; os subimos los aranceles, decían los de un lado; pues nosotros más a vosotros, decían los del otro lado. 
Entonces, los dos grandes poderes del mundo no libre, el Islam y el comunismo chino, vieron el campo despejado. Nadie les podía parar. Frente a ellos no había nada, sólo división.
El pueblo libre meditó, reflexionó, hizo memoria y se acordó de las tres cosas que le habían hecho progresar: el derecho romano, la filosofía griega y la religión judeocristiana. Y lloró amargamente por haberse avergonzado de una herencia milenaria que ya sólo unos pocos conservaban y se atrevían a transmitir a sus hijos en sus casas, porque ni en las escuelas, ni en los medios de comunicación, ni en las series se lo enseñaban. Habían perdido la memoria.