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María Albilla

María Albilla


¿Y tú de quién eres?

21/06/2021

Un anuncio de hace unos cuantos años nos instaba a elegir entre refresco de naranja o de limón. Si hablamos del comer se suele ser de dulce o de salado. Uno es del Barça o del Madrid y, por supuesto, si eres de pueblo, en mi caso de los de Priscilo o hija de la Mari Tere, en función de si hablamos del de padre o del de madre. 
Ahora tenemos una filiación emergente que va surgiendo en función del calendario. ¿Eres de Pfizer o de Moderna? ¿De Janssen o AstraZeneca? Y así llevamos meses, preguntándonos a qué grupo de vacunados pertenecemos como si eso nos sirviera para identificarnos de cara a los demás o nos fuera a cambiar el Rh de la sangre. Y qué le vamos a hacer, señores, nos gustan las etiquetas. Nos sirven para clasificar a las personas, las cosas  o las situaciones aportando una sensación de orden o de control sobre el entorno que muchas veces se nos escapa. Y el actual está como para atarle en corto.
Pero igual que ponemos etiquetas, así a la ligera, a las vacunas y decimos que porque te han inyectado AstraZeneca te han puesto la mala, o has tenido suerte y te ha tocado la buena si tu día tocaba Pfizer; como si todos fuéramos expertos inmunólogos licenciados en la Facultad de Medicina de Santa María del Campo, muchas veces hacemos lo mismo con las personas, independientemente del grado de conocimiento que tengamos de ellas. Las etiquetas, en ciertas ocasiones mal usadas, nos hacen quedarnos en la superficie de lo etiquetado, confundir el todo por la parte, o quedarnos con unos efectos secundarios que no tienen comparación con lo que aporta a nuestra vida la persona, cosa o, en este caso, vacuna etiquetada. 
Hace años en Pakistán asesinaban a médicos mientras vacunaban de la polio a los niños. Grupos del entono talibán etiquetaron aquellas vacunas como peligrosas porque creían que el objetivo era esterilizar a los musulmanes... Miren si se puede llegar lejos con las etiquetas.