Sin entrar en detalles

Rosalía Santaolalla


Sin Fiesta

18/06/2020

Allá por la vieja normalidad, con un vistazo a los lados y otro a las redes sociales, se podía comprobar que el día del Curpillos huele a morro, a playa o a Ikea. Este año, nada de lo primero: no habrá colas desde primera hora de la mañana para pillar sitio en el autobús al Parral. Ni pinchos de morcilla esquivando pelusas. Ni el chubasquero en la mochila por si acaso por la tarde, ya se sabe. Ni baile de los señores Gigantillos ni Pendón de Las Navas en procesión. Una pena para quienes disfrutan del festejo, sí. Y un alivio para los centenarios muros del parque, que todos los años, ese día, tienen que soportar ser el sitio donde vacían sus vejigas cientos de personas.
Espera, que me vendrán a decir que nadie mea en las tapias. Y yo no tiro nada al suelo, señora. Pero al día siguiente los servicios de limpieza sacan toneladas de basura de esa maravilla de parque que tenemos en pleno Camino de Santiago. Como espero que esta fiesta tan singular se pueda volver a celebrar en 2021, podríamos utilizar este paréntesis obligado para repensar y planificar un Curpillos del siglo XXI, en el que no tirar tu mierda en una papelera esté tan mal visto como lo estaría ahora teñir pollitos de colores y venderlos a la entrada del parque (los niños de los ochenta saben de lo que hablo).  Que algo lleve toda la vida haciéndose de una determinada manera no significa que se esté haciendo bien.
Ojalá todas nuestras preocupaciones fueran que éste será un verano raro sin fiestas, sin Tablero de Música, sin festivales, sin cercanía, con mascarilla; no hay que perder de vista todas las implicaciones económicas y de empleo de estos eventos. Para quienes, el día que acaba el Sonorama - o pongan aquí el evento que más les llene el corazoncito-, comienzan la cuenta atrás hasta que llega el siguiente, solo queda pensar con música y letra de Xoel López:
Podría pasar.
Perderlo todo, volver a empezar.
Y no estaría mal.



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