RUMBOS EN LA CARTA

Juan José Laborda

Historiador y periodista. Expresidente del Senado


Pasiones mitológicas

28/03/2021

En el Museo del Prado tiene lugar una exposición titulada Pasiones mitológicas que ha reunido obras de Tiziano, Veronese, Allori, Rubens, Ribera, Poussin, Van Dyck y Velázquez, que son la expresión pictórica de la clásica pasión erótica vista por esos artistas de los siglos XVI y XVII. No necesito aclarar que contemplar juntas esas pinturas es una ocasión única, pues esas obras se pueden calificar como algunas de las más bellas del mundo. El director del Museo, Miguel Falomir, y el comisario conservador, Alejandro Vergara, se responsabilizan de un libro sobre la exposición que es perfecto para entenderla. 
La figura de Tiziano (¿1477?-1576), y sus obras en esta exposición constituyen el nexo de Pasiones mitológicas. Aunque no sabemos exactamente cuantos años vivió Tiziano, su vida fue tan larga (y productiva) que conectó la creatividad renacentista de Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564) con la del manierismo y con el posterior barroco de Rubens (1577-1640) y Velázquez (1599-1660). 
Creo que la exposición alcanza su síntesis artística con el cuadro de Velázquez, La fábula de Aracne o Las hilanderas (1665-1660). En efecto, superando la apreciación costumbrista y ñoña de la mayoría de los eruditos, y desarrollando la intuición de Ortega y Gasset, la obra de Velázquez ahora se ha visto poseyendo una carga simbólica y mitológica de gran profundidad. Jugando con distintos planos, parecido a lo que hace por esos años en Las Meninas, Velázquez sitúa al fondo del grupo de las hiladoras, una escena compleja: la diosa Atenea Palas, la virginal protectora de las artes del hilado, contempla a Aracne, que alardea tejer mejor que la todopoderosa diosa, y Aracne ha tejido un tapiz que representa una de tantas exhibiciones sexuales de Zeus, el padre de Atenea, quien acaba de raptar a Europa para copular con ella transformado en toro. Por diversos motivos, según Ovidio, Atenea convertirá a la buena de Aracne en una repugnante araña; los dioses se suelen dedicar a fastidiar a los humanos por toda la eternidad. 
El tapiz del Rapto de Europa, del cuadro de Velázquez, procedía de una pintura de Tiziano (cuyo original de 1559 está en la exposición), y cuando Rubens visita Madrid en 1628, copia la pintura de Tiziano y se la lleva a Amberes, y finalmente la copia volvió a Madrid a la muerte de Rubens, adquirida por el rey Felipe IV, siendo entonces Velázquez conservador artístico de la corte española. 
Hasta hace poco tiempo, las sociedades europeas se han comprendido así mismas a través, lógicamente, de dos mitologías: la judeocristiana y la clásica pagana. Tras la Edad Media, durante la cual el cristianismo vio el cuerpo con prejuicios maniqueos (y no como templo divino), el Renacimiento recuperó, en nombre de la belleza, el cuerpo desnudo de hombres y mujeres. Tiziano es esencial en ese cambio. Miguel Ángel, después de Botticelli (1445-1510), pinta diosas desnudas como si fuesen estatuas; en la exposición se puede contemplar eso mismo en el cuadro de Miguel Ángel-Van den Broeck (1475-1564). Sin embargo, Tiziano pinta cuerpos vivos, y su La Venus de Urbino (1538), con su desnudo turbador, su mirada desvergonzada, y su mano que encubre o acaricia su pubis, ha recobrado el sentido clásico del cuerpo, y su Venus será el modelo universal de occidente, llegando hasta la Maja de Goya (1795) o la Olympia de Manet (1863). 
En la exposición es central el lugar que ocupan los desnudos de Tiziano, y buena parte de esas pinturas fueron encargadas por el católico rey hispano, Felipe II, o adquiridas, años después, por Felipe IV. En España, el único noble que podía gozar de cuadros eróticos como los de Tiziano era el rey. La Iglesia, o sea, la Inquisición, imponía que los nobles, y cualquier aficionado al arte, se tuviesen que conformar con pinturas de mitos cristianos. Pero Felipe II, un auténtico erudito en mitos paganos, podía deleitarse con Las poesías de Tiziano (con bellísimos desnudos de dioses), o su sucesor, Felipe IV, con la provocadora, y no menos fascinante, Dánae, recibiendo la lluvia dorada que genera Zeus, en otra de sus metamorfosis, como asaltante del lecho de una hermosísima princesa. 
En todo caso, la Iglesia intervenía más en la ortodoxia de los cuadros de tema religioso, mientras en los de mitos paganos se metía menos, así que los voyeurs de cuerpos desnudos podían pedir virguerías con total libertad, y en eso Tiziano fue un portento. Ahora bien, el erotismo, y el sexo, estuvieron siempre asociados al dolor y a la tragedia, en el arte y en los mitos de la antigüedad clásica. En nuestra época posmoderna, cuando se ignora todo de los mitos cristianos y paganos, el erotismo ha encontrado su símbolo en las conejitas de la Playboy, en otras palabras, sexo sin dolor, sin responsabilidad, pero también dominado por la oferta y demanda capitalistas; erotismo como trivial mercancía. El nuevo feminismo, con su rechazo al paganismo erótico, protesta contra su violencia, pero no acaba de comprender su dimensión dramática: los gozos y el dolor del cuerpo son la vida misma, aunque creamos ser dioses. 



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