Plaza Mayor

Fernán Labajo


Naufragio

20/10/2020

Hasta hace tres semanas me vanagloriaba entre familiares y amigos de mi capacidad de sentarme cada noche frente a la televisión apagada, abrir un libro y leer hasta que se me cayesen los párpados en señal de alarma para viajar al catre. «¿Y no has visto la entrevista de Bertín, ni la última edición de Gran Hermano, ni Masterchef?». Negaba, engreído, todas las acometidas. Suculentas ofertas de entretenimiento que pasaban de largo ante mi esnobismo. El mismo que me nubló la vista y me impidió aventurarme a mi propio naufragio.           

Solo hizo falta que mi pareja encendiera la televisión para dar al traste con el muro que una vez construí contra la telerrealidad. Miré de reojo cómo cinco parejas se prestaban a un dantesco intercambio en una isla del Caribe y caí. Lo hice con la suavidad de una pluma desde lo alto de un rascacielos. En silencio, balanceado por la brisa que evita una brutal colisión contra el suelo. Nunca hubiera imaginado una muerte tan dulce de mis prejuicios. Ahora me descubro cenando a las 9 de la noche para sentar cuanto antes el trasero en el sofá y dejarme embaucar por la depravación más absoluta de las relaciones amorosas. 

No puedo evitar sentirme atraído por un atajo de estúpidos que no dudan en vender su dignidad al mejor postor. No me doy cuenta de que en realidad el estúpido soy yo. Como cuando te aprietas un McDonald’s a las cinco de la tarde en el párking de un centro comercial mientras te preguntas qué tendrá esa mierda para que enganche tanto. Y así, el vientre plano y la superioridad moral se escabullen por la taza del retrete. 

Esto no es ninguna autoflagelación. No tengo sentimiento de culpa ni arrepentimiento. Estoy en ese punto del adicto en el que repito una y otra vez que lo dejo cuando quiera. El problema es que dicen que el que prueba un cigarro es fumador toda la vida.