Cartas desde 44 leguas

Fernando González Urbaneja


Tremendismo

27/04/2021

La voz tremendismo tiene dos acepciones en el diccionario y las dos son pertinentes al momento actual. La primera reza: corriente estética desarrollada en España durante el siglo XX entre escritores y artistas plásticos que exageran la expresión de los aspectos más crudos de la vida real. La segunda se refiere a la tauromaquia: estilo de toreo basado más en la espectacularidad que en la observancia de las reglas clásicas. Y como sinónimo el DRAE propone alarmismo. 
Lo que ha ocurrido en la campaña electoral por Madrid estos días es tremendismo; retórica exagerada, alarmista, vociferante… que arruinan el debate, la conversación, la confrontación de ideas, el entendimiento y el buen juicio. Se puede entender que los partidos en los extremos, amenazados de retroceso electoral, extremen sus intervenciones para ocupar espacio. Se entiende menos que los otros partidos se dejen arrastrar y pierdan el juicio por mor de que la radicalización puede despertar votantes desanimados. Todo ello demasiado argumentativo, opinable y probablemente desacertado. Del tremendismo no sale nada bueno, ni en el arte ni en toreo, ni en la política. Tremendista fue Trump a lo largo de las dos campañas electorales que protagonizó y, sobre todo, durante los cuatro años de presidencia. Y el resultado fue malo para él, para su país y para el mundo, por más que algunos traten de camuflarlo con palabrería y mentiras. 
El tremendismo de la confrontación política española gira en torno a dos espantajos: fascismo o bolivarismo comunista. Ninguna de esas dos amenazas tiene cabida en España, ni siquiera como amenaza teórica. Ni VOX tiene que ver con el fascismo, ni éste tiene alguna posibilidad en la Europa del siglo XXI. Tampoco Podemos y sus confluencias, por más simpatías que profesen a Cuba o Venezuela, disponen de la más leve posibilidad de importar esos regímenes para España. 
Ambas hipótesis son tremendistas e irreales. Empeñarse en esos discursos es perder el tiempo, calentar las cabezas y desperdiciar las oportunidades para que los españoles mejoren en sus condiciones sociales. 



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