Plaza Mayor

Isabel Martín


Un vino y una reprimenda

13/01/2021

Nos cierran los bares otra vez. Bueno, solo nos prohíben el consumo en su interior, nos dejan disponibles las terrazas. Aunque suene a broma, viendo los actuales registros de temperaturas, esa va a ser la realidad para las próximas semanas. Y, otra vez, y con gran carga de razón, el sector hostelero se pone en pie de guerra porque sus negocios no son el problema, ellos cumplen con todas las normas que impone la pandemia y, la mayoría, son entornos más seguros que otros escenarios de contacto social. 

Mi apoyo a todos ellos, a los que acudo en la medida de mis posibilidades, igual que al comercio cercano y a los productores locales, pero reconozco que estoy de acuerdo con uno de estos hosteleros. Mi vecino de calle ha decidido que esta vez no abre ni la terraza, porque no puede atender a los clientes a la vez que se convierte en una especie de policía/camarero. ¿Cuántas veces ha tenido que advertir a un cliente que no está cumpliendo con las normas? Si no se puede consumir en la barra, ahí que se quedan a charlar con su chato en la mano. Si no se puede fumar en la terraza, ahí que prenden su pitillo sin importarles los que están a su alrededor. Si hay un aforo limitado, ahí se que meten hasta la cocina aunque no haga falta contar para saber que hay más gente de la permitida.

¿Y qué hago?, se pregunta mi vecino. Tendría que ponerse en la puerta a controlar los que entran y salen para calcular el aforo, mientras atiende las peticiones de los sedientos clientes, a la vez que esgrime una porra en una mano para alejarles de la barra y un extintor en la otra para ir apagando los cigarrillos que encienden en su terraza. Ante este panorama, mi vecino cierra a la espera de tiempos mejores por falta de confianza en la responsabilidad de la clientela.