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Belén Delgado

Plaza Mayor

Belén Delgado


Ingratitud e identidad

30/08/2021

Uno de los refugios que han encontrado muchas familias en estos tiempos ha sido el regreso a los pueblos. De repente, aquel plan veraniego que durante años nos parecía para pobres ha recuperado la riqueza de matices que en realidad nunca perdió. Después y durante décadas, cegados por el currículum de presumir de fotos en playas de California, Costa Rica o Punta Cana, a los que solo podían ir al pueblo de sus ancestros les veíamos casi como unos fracasados. Pero ahora, vuelve a ser un lugar seguro al que acudir en cuerpo y alma. Estos días termino de leer ‘Los ingratos’, de Pedro Simón, una deliciosa y a la vez melancólica novela que es un viaje por el retrovisor personal de los que un día salieron del pueblo y de repente descubrieron que dejaron atrás historias y personas que han sido básicos para escribir el ADNde su personalidad.
Por eso son (todos los somos un poco) los ingratos. Los que un día renegaron de sus cuatro casas, de sus misas de domingo, de sus calles con olor a excremento animal... Los que olvidaron el lugar en el que establecieron su verdadera patria, la infancia, aunque para los parroquianos solo fueran un mote (el ‘Pirracas’, el ‘Currete’...).
Esos mismos pueblos que son como nuestros abuelos, siempre dispuestos a recoger lo que la urbe ha hecho de sus familias. Tal vez destartalados, como demasiadas casas vacías, pero en su sitio. Ajenos a la cultura del bullicio, a veces del exceso, cuyo rumor asoma los domingos y fiestas en que regresan las ruidosas visitas familiares.
Y pienso en mi padre, que a sus 78 años sigue plantando árboles que cuida con amor y que agradecen sus mimos creciendo a ojos vista. O en el de José Saramago, del que el Nobel portugués dijo una vez que salió de su finca a abrazar a sus frutales el día que se sintió morir. Supuestamente era analfabeto. Son nuestra mejor ancla en el ancho y cada vez más vacío mar interior en el que habitamos.
Los últimos atardeceres del verano en el pueblo se acaban. Sentarse a las puertas del bar y charlar con los vecinos de siempre, de los recuerdos de siempre y de las personas que hicieron posible que podamos disfrutar de esos ratos. La covid nos iba a enseñar muchas cosas. A mí, a no ser ingrata con la tierra de mis padres. Mi verdadera patria chica.