Habas Contadas

Roberto Peral


Hacerse mayor

05/10/2020

Uno, de natural poco reflexivo, ha ido avanzando por la vida sin apenas meditar en ello: el rapaz que trotaba alegremente en pos de una pelota de fútbol se convirtió pronto en un adolescente hechizado por el revolar de unas faldas, en el bachiller que memorizaba los versos de Cernuda, en el universitario noctámbulo que vio abiertas las puertas de Madrid. El tiempo lo empujó a ingresar en la edad adulta: se unió a una mujer clara que ama y lo ama, intentó emplearse en una ocupación honrada, dio en reproducirse jovialmente. Un día tuvo que ponerse gafas, y después le empezó a doler la espalda por las mañanas. Se tomó a sí mismo por alguien responsable y autosuficiente. Pero, en el fondo, no se engaña: uno siempre ha seguido siendo un niño ante la mirada escrutadora y protectora de su madre, esa persona prodigiosa que lo ha amparado ante cada error, ante cada fracaso, en cada diminuto avatar de su existencia. Es su madre, bendita sea, quien lo ha mantenido firmemente unido durante más de medio siglo a esa infancia que, si hacemos caso de don Rainer María Rilke, constituye la verdadera patria de cada uno de nosotros.
Hoy vengo a contarles una historia bien cotidiana en estos días en los que el espanto se ha convertido en una rutina atroz: un conciudadano más ha engrosado la relación de fallecidos por culpa del coronavirus en el territorio burgalés. Ocurre que se trata de mi señora madre, y a uno se le abre un abismo insondable ante lo que para el resto acaso suponga una curva imperceptible en una estadística, y comprende de súbito el pavoroso significado de la orfandad. Me queda el consuelo de abrazar pronto a mi hermana, que ha heredado ese carácter a la vez tierno y feroz de nuestra madre guardiana y cuyo limpio nombre, Marta Peral Izquierdo, debería escribir en letras mayúsculas. Y, en medio de todo este vacío, me conforto burlándome para mis adentros de quienes tenían a nuestra madre por una ancianita frágil e indefensa; jamás he conocido una fortaleza más férrea y un natural más obstinado que los de la admirable mujer que me depositó en este mundo. Lo que pasa, mamá, es que este virus es un hijo de la gran puta que te ha atacado por la espalda, y de cobardes tú nunca quisiste saber nada. Te mando un beso enorme, allá donde mores; y ya puedes dejar de regañarme, porque, aunque me sorprendas llorando, al fin he tenido que hacerme mayor.



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