Plaza Mayor

Martín García Barbadillo


Lo saben todo

05/10/2020

La pasada semana fue mi cumpleaños. Gracias, gracias. Los primeros en felicitarme, vía mail, fueron los dos bancos que administran mi fortuna y mi compañía de telefonía móvil. Obviamente, conocían la fecha porque en algún momento yo se la he proporcionado. Y ese acto, voluntario o (las más de las veces) involuntario, de entregar datos y desnudar toda nuestra intimidad en internet, destapando cómo somos en realidad, es la clave del mundo moderno, lo que ha hecho hipermillonarios a los nuevos hipermillonarios.
Coincidió mi onomástica con la lectura en la prensa de la reseña de un libro que aborda el tema: La era del capitalismo de la vigilancia, de Shoshana Zuboff. Plantea la autora que la economía en el pasado iba de fabricar tornillos, después de realizar operaciones financieras y ahora el asunto es recopilar la experiencia humana privada: conocer los gustos, filias y preferencias de cada uno. ¡Y pensábamos que nuestra vida carecía de interés! Posteriormente, esos datos se empaquetan y venden para que la inteligencia artificial pueda predecir y proporcionarnos lo que más se acerque a nuestros gustos y, sobre todo, a ellos les interese vender. Y nos pueden tratar de colocar desde ropa hasta ideas políticas, aprovechando las debilidades de cada uno. Ya sabe cómo opera el asunto: buscas botas altas de cuero con tacón de aguja en Google y durante un mes te saldrán anuncios de ese producto en todas partes.
El invento ha funcionado estupendamente porque, en apariencia, son todo ventajas: internet mola, hace la vida más vida, distrae, entretiene y, todo ello, gratis. Como para no picar. Pero resulta que, cuando uno cree estar mirando internet, es internet quien lo mira a uno. Y mientras se piensa que no hay que pagar, uno está regalando datos a montones con los que otros ganarán fortunas. Y por si acaso no funcionara bien del todo, las redes triunfantes (Instagram, Facebook...) han dado donde más duele: en el yo. En estos lugares virtuales uno se convierte en lo que quiere, finge ser quien anhela y se olvida de su triste condición corpórea. Y, para millones, es irresistiblemente adictivo y pasan la vida ahí alimentando a la máquina de los datos.
En mi cumpleaños, los bancos fueron más agarrados, menuda novedad, pero la empresa telefónica me regaló un giga para navegar. Al principio pensé: «¡Mira qué bien!», pero, amigo, nadie da duros a cuatro pesetas. Si no me cree a mí, pregunte a Google, si al buscador le queda algo de decencia le dirá: «No se ha encontrado ningún resultado». Pues a tenerlo en cuenta. Salud y alegría.



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