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Manuel Juliá

EL TIEMPO Y LOS DADOS

Manuel Juliá

Periodista y escritor


El rumor del agua

13/09/2021

Cada rostro con el que te cruzas por la calle es una historia. Cada persona que ves sentada en un banco mirando un escaparate, alejándose con un maletín por una esquina o tirada en el enorme escalón de un banco, llena de mantas viejas y con una botella vacía de vino, lleva una interminable historia adentro, una novela infinita. Ni Francis Ford Coppola o Clint Eastwood o Yasujiro Ozu; Danilo Kis, Stefan Zweig o Roberto Bolaño, las más ávidas e inteligentes percepciones de la naturaleza, lo humano y el tiempo podrían siquiera acercarse a la complejidad y belleza, a la profundidad y riqueza de cada una de estas historias.
Cuando paseo por las calles de la ciudad, y me inmiscuyo en el tumulto de los viandantes, siento que una obra infinita de vida me rodea. Percibo que un fulgor de historias lanza su pulso silencioso al aire, y me duele no tener tiempo de fijarme bien en los rostros, me duele no poder rozar siquiera la superficie de ese océano vital que habita el viento. 
Mientras leía, sentado en un banco del Retiro, la atormentada prosa de David Foster Wallace, esa cascada de palabras luchando contra la imposibilidad de definir el todo, miraba el rostro de los niños intentando captar el principio de las complejas, misteriosas, bellas y dolorosas historias que les esperan en el futuro. Mientras devoraba en mi buhardilla la imposible aspiración de Georges Perec de verter la vida humana, con todas sus estrías, actuaciones, entornos en las estrechas páginas de un libro, llevaba los ojos al cristal y veía a los paseantes que se dirigían al campo a disfrutar del sol preotoñal que nos abraza. Historias de domingo, de cualquier día, de amaneceres y sueños hondos, historias que según Emerson encuentran su origen en la sensación de ser que el alma percibe, sin saber cómo, que no es distinta de las cosas, del espacio, la luz, el tiempo, la mujer, el hombre, sino que es una sola, y procede de la misma fuente de la que emanan su vida y su ser.
 Y ahora, 20 años después, pienso en las 3.000 historias que acabaron el 11-S. Son 3.000 novelas infinitas escritas en la muerte. Miro en la ceremonia los rostros que buscan el latido de los ausentes. Cada uno tiene una mirada distinta, pero todas envían un rictus amargo. Mientras veo el ceremonial entiendo la ausencia de exaltación, patrioterismo y lágrimas. Dignidad, duelo, memoria, discursos esenciales, una canción… y silencio. Solo silencio. Un silencio en el que se oye el tañido de las campanas a la misma hora de los impactos, los nombres de quienes murieron, el letargo de un violonchelo, un piano, un violín, y el rumor del agua de los estanques.