Plaza Mayor

Evaristo Arzalluz


Lo mejor y lo peor

15/09/2020

Estoy en Zarauz, en la costa vasca, pasando unos días de descanso. Mi familia y yo nos hemos alojado en un apartamento turístico. Los dueños son una pareja de informáticos. Al entregarnos las llaves -bueno, más concretamente, al darnos la clave de entrada, porque la puerta no tiene llave- nos contaron que durante la primera fase de la pandemia pusieron sus apartamentos -tienen 10- a disposición del personal sanitario, médicos y enfermeros. Sin cobrar un euro por ello.

Leo la prensa. Aparece la noticia de que, aquí al lado, en San Sebastián, la Policía Autónoma (Ertzaintza) ha detenido y esposado en la playa a una surfista que, pese a ser PCR positiva, se empeñó en practicar su deporte, poniendo en riesgo al resto del personal. 

Voy a ver a mi madre, de 94 años. Está alegre, como siempre. Nos recibe con los brazos literalmente abiertos e inicia un movimiento para besarnos. Nos apartamos instintivamente, por no contagiarla a ella, no por no contagiarnos nosotros. Se queda un instante perpleja, contrariada. Ella no teme a la muerte. Lleva mucho tiempo esperándola y preparándose: no se va a asustar ahora por esto. Prefiere besar a su hijo, a su nuera, a sus nietos, aunque eso conlleve un riesgo para ella, que mantenerse a distancia. 

Hablo con mi hermana, médico de familia. Me cuenta: hoy, en mi Centro de Salud, había una médico y una enfermera llorando, desbordadas. No llegan a todo. Mientras tanto, hay otros que se escaquean, que han cogido bajas dudosas, que no ven a sus pacientes. Se han bajado del barco.

Lo mejor y lo peor. Las crisis -y ésta lo es, vaya si lo es, no hemos visto más que el principio-  sacan de cada uno lo que hay dentro y permanece oculto. Las apariencias engañan, pero las crisis borran las apariencias, nos despojan de la careta, y sale a la luz la verdad. Héroes y villanos.