Plaza Mayor

Martín García Barbadillo


¿El último para el cajero?

31/08/2020

Uno de los elementos que han emergido en el paisaje urbano del mundo pandémico, al menos por aquí, son las colas en los cajeros. A las puertas de las entidades bancarias, a cualquier hora, hacen fila muchas personas con la intención de sacar de dinero o realizar otros trámites. Conseguir efectivo, cash, guita o como lo quiera llamar se ha convertido en una tarea para la que es mejor tener un tiempo reservado en la agenda. Yo mismo, empleé una hora la pasada semana en conseguir algunos de mis billetes. Resulta que la oficina más cercana de la entidad a la que tengo confiada mi  fortuna ha cerrado en agosto (está por ver si abre de nuevo) y uno de sus dos cajeros queda dentro de la verja. El otro estaba hasta arriba y, tras media hora de espera, salió la usuaria para informarnos de que se la había tragado la tarjeta y tenía que llamar a una de esas líneas que hay para esas cosas. Peregriné a otra oficina, en la que las personas de la fila realizaban gestiones en el cajero, para mí misteriosas, consistentes en meter unos papeles fotocopiados con códigos de barras y tocar teclas. Como para ellos también parecían ser misteriosas, un empleado les ayudaba, con un tono expeditivo y cuartelario. Otra media hora.
Al cierre temporal de oficinas (como la mía) se une la reciente clausura definitiva de otras y que muchas más solo atienden en persona para sacar billetes hasta las once a los clientes que aún prefieren hacerlo así, como mi padre, lo que les convierte en prácticamente antisistemas.
Evidentemente la banca está lanzada a la transformación digital y ahí ponen todos los esfuerzos. Como resultado es posible abrir un fondo de inversión o comprar acciones en la Bolsa de Tokio en unos pocos segundos y con un clic. Pero, por desgracia para ellos, hay clientes y servicios que no caben por el tubo de internet. Por eso, en estos tiempos de dura competencia, creo que habría lugar para un banco que ofreciese servicios básicos presenciales de calidad, todo offline: cajeros a tutiplén por las calles, empleados dando su dinero a los clientes y, puestos a soñar, un regalo el Día del Ahorro y un calendario a fin de año. Llámeme loco, pero el mundo está cambiando y quién sabe en cuál será la dirección. Desde ya, yo me apunto a la vanguardia.
Salud y alegría.



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