Como andamos en agosto, ya se sabe, mes vacacional por excelencia, aunque, la verdad, no anda la cosa como para muchas fiestas; tenía pensado escribir una columna ligerita, de esas que no dicen nada, o casi nada, pero que el columnista aprovecha para intentar engordar su enjuto ego literario. Pero hete aquí que la vida es movimiento y surgen acontecimientos que, a uno, aunque le pese, le hacen cambiar de criterio. De hecho, ya tenía una columnita muy mona escrita, y eso que no versaba sobre el emérito.
Tras una sesuda reflexión me he decantado por las colas, esas colas de la vergüenza que los ciudadanos soportamos con estoicismo y resignación. He tenido la desdicha de presenciar una larguísima cola -todos en una ordenada fila de a uno, como en el cole o el ejército-, que empezaba en la puerta de la Junta de Castilla y León y superaba, con creces, el edificio de la Comisaría de la Policía Nacional, donde, por cierto, también se promueven colas en la calle. Resulta sorprendente que en tiempos tan modernos y tecnológicos se someta a aquellos que precisan de la administración -y que son los que la mantienen y sostienen- a escenas tan calamitosas. 
En estos tiempos en los que los políticos rezuman orgullo con eso de la administración digital y electrónica, las colas proliferan por doquier. ¡Vaya paradoja!, ¿no? Si usted va al Ayuntamiento para una gestión en el registro, ¡a la cola de la calle!; si va a la Diputación, acuérdense de las preeminentes colas para presentar las instancias para la convocatoria de empleo; y si le dejan ir su Centro de Salud, ya sabe, primero a la cola callejera.
Parece que las colas se han puesto de moda con esto del virus. No hay administración que se precie sin que organice una vistosa cola. Lo de la cita previa y su ajuste a la hora asignada, para algunos, es como pedir peras al olmo. El que suscribe esta veraniega columna pondría en la cola… del paro a tantos políticos que llevan, en algunos casos, años hablando de la administración sin papel, digital, electrónica y… casi, casi automática y sumergible.