Plaza Mayor

Maricruz Sánchez


Hacia dentro

22/01/2021

Pandemia, pandemia, pandemia. Diez meses de dura convivencia y desgaste en una relación tóxica que empezó, como todas las de este tipo, con un quiero y no puedo que cada vez esparce más incertidumbre a su alrededor. Una relación dolorosa, quizá ya demasiado para aguantarla, pero imposible de romper por ahora. La pandemia se clava en nuestra alma cada vez más, como el cuchillo de un asesino adiestrado, que sabe bien como infligir a su víctima el mayor daño; hacia dentro, con crudeza y sin el menor atisbo de compasión.

La sangre de la tristeza brota a borbotones de la herida que deja el virus. Con apenas unos paños para contener la hemorragia, el corazón cada vez bombea con mayor dificultad a medida que avanza la exanguinación. Los trabajadores de muchos sectores agonizan, los sanitarios agonizan, los mayores agonizan, los niños agonizan... Todos, a su manera, languidecen y se marchitan día tras día por culpa de la pandemia de la enfermedad, y también de la vergüenza política, esa mucho peor de digerir.

El cuchillo de la covid-19 sigue clavándose hacia dentro mientras las personas nos hacemos un ovillo; cada vez más redondo, cada vez más cerrado en sí mismo. Sin apenas contacto con el exterior, sin apenas relaciones interpersonales, sin viajes, sin ocio. Es necesario, pero no por ello menos doloroso. Y el alma sigue desangrándose mientras el cerebro recibe cada vez menos oxígeno. Un cerebro sin oxígeno se muere y los pensamientos empiezan a ser turbios y obsesivos, recorriendo de manera circular ese interminable ovillo de cada persona. 

Dicen que en 2024 llegará el máximo florecer postpandémico. Para entonces, la cicatriz del coronavirus será solo un mero recuerdo. Mientras tanto, seguiremos luchando por sobrevivir. Y lo haremos, sin duda, por muy adentro que se clave ese cuchillo.



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