Sin entrar en detalles

Rosalía Santaolalla


Más que comida

19/11/2020

La gran recogida de alimentos este año no recoge alimentos: recoge dinero. Pero el objetivo es el mismo. No se olviden y colaboren. En algún momento habrá que analizar por qué la sociedad civil, en este y otros países en teoría desarrollados, tiene que llenar los huecos a los que no llegan las administraciones en la atención a quienes no tienen lo suficiente para subsistir. Pero bastante tenemos ahora, intentando llevar una vida normal cuando nada de lo que está pasando lo es.

Desde que tengo recuerdos, la mayoría de ellos están construidos en torno a una mesa. Los primeros intentos de tortilla de patata en el piso de estudiantes, aquel arroz con cosas con el que matamos los efectos de un vermú torero una Nochevieja. Aquella pobre camarera a la que volvíamos loca cuando preguntaba quién quería torrijas de postre y se levantaban 12 brazos en una mesa de siete personas.

Me acuerdo del olor del árbol bajo el que me explicaron de dónde salió la curiosa sopa paraguaya, del sabor de mi primer bagel auténtico, del sol que calentaba la terraza de Palermo en la que probamos los arancini y del mármol de las mesas de aquella tasca portuguesa en la que nos sirvieron unas sardinas del tamaño de un antebrazo. Nunca me han sabido mejor los tomates que aquellos que nos comíamos crudos y a mordiscos en el patio de mi tía Marga ni el agua más fresca que la que salía del botijo blanco de mi tío Hilario.

Y siempre estarán las mesas de mi abuela Pilar, que no eran distintas de las que ponía cualquier mujer de su edad que hubiera pasado los rigores de una posguerra: no veías el color del mantel hasta que no empezaba a retirar las decenas de platitos: las rabas que le gustaban a no sé quién, unos champiñones que he intentado replicar sin éxito en más de una ocasión, los cangrejos que siempre nos pelaba ante la mirada de desaprobación de mi madre –así no van a aprender nunca-, las patatas fritas que mejor sabían del mundo. Ayer, cuando la enterraron, nos acordamos de que hacía diez años que no probábamos su arroz con leche, el favorito de mi padre. El coronavirus nos ha dejado solo los recuerdos.



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