Habas Contadas

Roberto Peral


Culpables nocturnos

27/07/2020

Constituye una verdad universalmente aceptada que la culpa siempre es del otro, ya se trate de una pendencia de tráfico, un descalabro informático o un simple vaso que estalla en cristales en el suelo de la cocina. Lo cierto es que alivia lo suyo encontrar un culpable para cada calamidad grande o pequeña con que la vida nos castiga, entre otras cosas porque entonces la realidad recupera un orden aceptable y, en consecuencia, podemos dejar de meditar sobre nuestra propia incumbencia y escarnecer a gusto al causante de nuestras desdichas.
En estos días de sol y miedo que nos ha traído el verano más raro de nuestras vidas hemos encontrado un culpable muy oportuno al que señalar con el dedo por la inevitable propagación del virus tras el estado de alarma: los jóvenes y su inveterada costumbre de reunirse cuando todos los gatos se tornan pardos. Las zonas de ocio nocturno se han convertido en un conveniente chivo expiatorio al que cargar con la responsabilidad de los últimos contagios, y a fe que resulta una experiencia muy provechosa asistir a una de esas graves conversaciones de adultos que, arracimados en una terraza, completan un cumplido reproche ético contra la juventud de hoy en día mientras comparten un plato de calamares a la romana y, en el calor de la charla, acaban olvidando de quién es cada una de las mascarillas que descansan sobre la mesa.
Los responsables de las principales formaciones políticas han brindado desde marzo a los ciudadanos sobradas pruebas de irresponsabilidad en su comportamiento personal, ya sea saltándose la cuarentena a la torera o alentando reuniones tumultuosas en el momento menos oportuno, y negocios tan gigantescos como el fútbol han resuelto que el espectáculo debe continuar a despecho de riesgos bien ciertos, sin importar un ardite, como ocurrió hace una semana, que un equipo con media plantilla infectada atraviese media península para jugar un puñetero partido. El personal que se acoda en la barra de las tabernas da por bien cumplido el expediente si se cuelga la mascarilla de la muñeca o se la acomoda bajo la sotabarba; y, en la mayoría de las circunstancias, las distancias de seguridad se interpretan según criterios bien laxos. Pero la culpa de todo, claro, es de la chavalería. Faltaría más.



Las más vistas