Plaza Mayor

Evaristo Arzalluz


Mayores

17/07/2020

No lo puedo evitar. Cada vez que entro en una residencia de ancianos -y entro muchas veces-  me invade una sensación de tristeza. Aunque sea de las caras, de las de dos mil euros al mes para arriba, que no acabo de ver cómo puede costar tanto. 

Tristeza porque la ancianidad es de por sí triste. Porque da la sensación de que están allí acantonados, esperando la hora de la cena desde después de la comida y la de la comida después de la cena, como en La montaña mágica, la novela de Thomas Mann. Porque un anciano se ha agitado y está dando unas voces estentóreas, ante la indiferencia de los demás. Otro se acaba de desnudar en medio del pasillo. Otro se lamenta de sus dolencias, entonando un mantra que parece no tener fin,  en la sala de la televisión donde otros residentes miran la tele sin ver. Los cuidadores hablan a gritos, lógico,  porque la mayoría están sordos.

Por contra, el otro día un señor traía a la consulta una muestra de orina de su suegra, porque sospechaba una ligera infección. Le preocupaba su suegra. Decía: mis padres han muerto, dos de mis hermanos también. Pero me preocupa más mi suegra que mi propia familia. Es una mujer que siempre me ha tratado con cariño y ahora procuro corresponderla. No pude por menos de felicitarle y envidiarle: ojalá mis yernos, o nueras, o incluso mis hijos se preocupen por mí como tú de tu suegra. Enhorabuena a ti, y a tu suegra que se ha hecho merecedora de tanto cariño.

Sí, ya sabemos que hoy en día es difícil tener a los abuelos en casa, que los pisos son pequeños, que ya no hay servicio, que trabaja el marido y la mujer y que los abuelos cada vez viven más. Y que, sobre todo cuando se demencian, cuando ya no son ellos, es imposible tenerlos en casa y ahí las residencias hacer una gran labor.

Pero no hay color, por muy cara que sea la residencia, por muchas veces que me vengan a ver, por simpáticos que sean mis compañeros. Qué triste es la ancianidad, y cuánto más si estás solo, aunque rodeado de gente.

 



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