LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


La vida es ahora

14/06/2020

Lleva tiempo despertándose cansado, inapetente, con ligeras molestias en las rodillas y una especie de golpe seco en la espalda que le impiden llevar una vida normal. Mario está preocupado. Al principio pensó que podría tratarse de algo pasajero, pero el paso de los meses le confirma que está equivocado. Después de pensarlo mucho y de los consejos de amigos y familiares, decide acudir a su médico de cabecera a regañadientes.
Tras hacerle una analítica completa, el doctor le indica que a su edad todo puede deberse a un principio de artrosis o sugiere, incluso, que tiene un componente mental, producto de su imaginación. Aún así, este arquitecto técnico que ya no tiene fuerzas ni para terminar su último proyecto, presiente que sus dolencias están provocadas por algo de lo que no quiere oír hablar y que le ha marcado desde muy joven. Sus antecedentes no invitan al optimismo. Tanto su padre como su madre murieron antes de cumplir los 50 por el mismo motivo; un cáncer que apareció sin avisar y que cuando detectaron ya era demasiado tarde. Mario, fumador empedernido, teme que le pueda suceder lo mismo a sus 46 años. 
Pasan dos años complicados y su salud empeora. Apenas puede agacharse y los dolores han pasado a ser mucho más intensos en la espalda. Al ir apareciendo más síntomas, el médico le deriva a diferentes especialistas y en una radiografía de tórax encuentran algo en su pulmón derecho, que un escáner posterior confirma que es un tumor. A Mario se le cae el mundo encima, sabe de primera mano que cuando el cáncer de pulmón avisa ya suele ser demasiado tarde. ¿Dónde iba él si lleva tanto tiempo con síntomas?
Del diagnóstico, pese a los ánimos de los suyos, cae en una profunda depresión en la que revive los difíciles momentos que pasó cuando fallecieron sus progenitores. Los plazos se acortan, pero al mismo tiempo se hacen eternos. La incertidumbre el día que entra al quirófano es tremenda, más aún cuando ve, postrado en la mesa de operaciones, cómo un auxiliar le pinta con un rotulador el costado izquierdo. «No, no. Es el lado derecho», corrige, con una medio sonrisa en la cara que trata de ocultar la angustia y los nervios del momento. A los pocos minutos, todo se funde a negro. 
Ya en la URPA, aletargado, escucha voces. Está incómodo, dolorido y, al cabo de unas horas, es trasladado a la UCI, donde no despierta hasta la mañana siguiente. Allí, una enfermera, sin saber que nadie se lo ha advertido, comenta que le han tenido que extirpar todo el pulmón. Era la mejor opción. Mario, que en un principio se derrumba por el palo, apenas tarda, alentado por su mujer y su hijo, en cambiar el chip para ganar la batalla. Todavía le queda mucho por vivir.
Mientras los focos mediáticos del planeta continúan centrados en la evolución de la pandemia de coronavirus, el cáncer provocará cerca de 9,5 millones de fallecimientos este año y continúa siendo el reto sanitario más importante al que se enfrenta la humanidad. A pesar de los números, la mortalidad ha experimentado un importante descenso, duplicándose los registros de supervivencia en las cuatro últimas décadas. La prevención, la detección precoz y los avances terapéuticos, con tratamientos multidisciplinares -radioterapia, quimio, fármacos innovadores o técnicas quirúrgicas- han conseguido reducir las cifras y aumentar las probabilidades de curación. 
El confinamiento por la COVID-19 ha provocado una montaña de rusa de emociones en los pacientes que sufren esta patología. El exceso de información, muchas veces contaminada y no contrastada, genera en los enfermos miedo e incertidumbre, al tratarse de una población de alto riesgo que tiene el sistema inmunitario debilitado. Muchos sufren pánico a salir a la calle por miedo al contagio. Sin embargo, los hospitales han garantizado su seguridad, aislando perfectamente las zonas donde reciben el tratamiento.
Mario sufrió una recuperación lenta y dolorosa. La rotura de las costillas para intervenir y el quedarse sólo con el pulmón del lado del corazón, con una menor capacidad respiratoria, dificultaron el proceso, pero actualmente, pese a que a veces siente esa extraña molestia en la espalda, tiene una vida plena y puede decir que ha sobrevivido a un tumor maligno. Hoy, afortunadamente, esta enfermedad no es sinónimo de muerte.
Esta semana fallecían Rosa María Sardá y el líder de Jarabe de Palo, Pau Donés, víctimas del cáncer.
La primera, además de ser una actriz única, exigente con su trabajo, era una mujer comprometida socialmente que no se cansaba de repetir: «No me fío de los que no tienen sentido del humor». El segundo, aparte de su legado ingente de letras y canciones, dejó una frase extraordinaria: «La vida es ahora: vivámosla. Vive el momento, no pensando en el futuro. Y no tengamos miedo. Lo que tenga que ser, será. El tiempo que estemos aquí, disfrutémoslo». Ya saben...



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