Habas Contadas

Roberto Peral


Hábitos de estudio

22/06/2020

No es que ya podamos hacer de nuestra capa un sayo, ni mucho menos, y todavía habremos de embozarnos una larga temporada para bajar a comprar el periódico, como hacía el forajido Jesse James cuando le daba por asaltar trenes en el Lejano Oeste. Pero el caso es que el estado de alarma ha terminado y la atmósfera de pesadilla colectiva en que hemos vivido durante meses empieza a ceder para permitir que cada cual, según su particular sentido de la prudencia, se haga a la calle a recuperar los hábitos que le son más queridos.
Hay, sin embargo, un grupo social que seguirá encerrado en casita, a despecho del recién nacido verano y del arbitrio personal que poco a poco vamos reconquistando: los bachilleres de último curso, que, pálidos como un pergamino, continúan amarrados a la silla de estudio entre angustias y desvelos, intentado domesticar esa Selectividad que en teoría amerita a los mejor preparados para acceder a las plazas universitarias.
De nada han servido las advertencias de los expertos sanitarios que juzgan imprudente una concentración humana de tales dimensiones, ni las voces que advierten de que la teleenseñanza ha perjudicado a los alumnos con acceso limitado a las modernas tecnologías. Y siguen cayendo en saco roto, por descontado, las recurrentes protestas de algunas comunidades autónomas, que juzgan injusto un examen que no evalúa con la misma exigencia a jóvenes de unos y otros territorios, y los lamentos de esos especialistas que deploran que un curso clave en la vida de un estudiante haya de orientarse exclusivamente a la estrategia con que afrontar un examen de competencia.
Resulta descorazonador que, en un país donde la legislación que regula el sistema educativo ha sido modificada una y otra vez hasta cotas demenciales, la prueba de acceso a la Universidad sobreviva sin cambios sustanciales desde hace decenios, y que se desoigan una y otra vez propuestas que, al menos, merecerían ser consideradas con detenimiento, como la posibilidad de una prueba única para todos los españoles o, en sentido contrario, que cada Universidad pondere los conocimientos y las aptitudes de los estudiantes que aspiran a ocupar sus aulas. He aquí, en fin, una ‘normalidad’ inasequible a las novedades de los tiempos.



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