Ser o Tener

Esther Alonso


Fusas

18/11/2020

La figura musical de una fusa equivale a la treintaidosava parte de una redonda, a la dieciseisava de una blanca, a la octava de una negra, a la cuarta de una corchea, a la mitad de una semicorchea o a dos semifusas. Si la realidad fuera música, todo sería tan bello…
El Consejo General del Poder Judicial es el órgano de gobierno del poder judicial. Está compuesto por 21 miembros: el presidente, que es a su vez el presidente del Tribunal Supremo; y 20 vocales elegidos por las Cortes, doce de entre jueces y magistrados y ocho de entre juristas de reconocida trayectoria, por una mayoría de tres quintos y un mandato de cinco años. Hasta aquí todo suena como El Danubio Azul de Strauss. 
Los miembros del actual consejo fueron elegidos el 29 de noviembre de 2013, hace ahora siete años. El bloqueo del grupo parlamentario popular para su renovación y la amenaza del Gobierno de una reforma de dudosa constitucionalidad, han evidenciado, más si cabe, la permanente y vergonzante politización del poder judicial y el riesgo de la división de poderes. A partir de aquí la melodía se parece más a La Danza Húngara de Brahms, a cuyo ritmo los partidos políticos y las asociaciones de jueces, unas progresistas, otras conservadoras, se apresuran a llevar su ideología y sus cadenas de favores hacia una pieza vital en el engranaje que debe garantizar el equilibrio entre el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial.
La jueza decana de Burgos declaraba en una reciente entrevista al Diario que el 99,9% de los jueces se considera independiente para hacer su trabajo y que la renovación o la paralización del CGPJ a penas les afecta. Sus palabras bien podrían tener de fondo a Tchaikovsky con un delicioso ballet de jueces que han cambiado togas por tutús para interpretar el Lago de los Cisnes.
La situación del CGPJ no refleja solo el interés de los partidos por controlarlo, sino que evidencia también que sus miembros no tienen reparos en ser la correa de transmisión de las siglas políticas. A jueces y políticos termina por beneficiarles el mismo fallo en el sistema de fronteras más que pocas fusas, difusas. Como en esas melodías de música fúsión en las que una sinfónica interpreta el I want to break free, de Freddie Mercury, y en las que tanto la letra como la música salen ganando.



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