Plaza Mayor

Martín García Barbadillo


San Isidro

18/05/2020

El pasado viernes de celebró, o en este caso más bien no, la festividad de San Isidro, patrón de los agricultores. En multitud de pueblos de está provincia todavía arrancan procesiones, tienen lugar comidas populares y se lanzan cohetes el 15 de mayo.
De todas las fiestas que permanecen vivas en el mundo rural esta es, probablemente, la más genuina. Sucede fuera de temporada, la mayoría de las veces en un día de diario y, como consecuencia, asisten a ella básicamente las personas que viven en el pueblo.
Un poco como un intruso, yo he acudido a varias en los últimos años en el mío. Asisten algo menos de cincuenta personas, en cada ocasión nos hemos entretenido en contarlas una por una, todos mayores o muy mayores, y cada vez es más difícil encontrar brazos capaces de portar pendones y paso. La procesión comienza en la iglesia y avanza entre cantos antiguos que todos conocen por las calles del pueblo hasta la era, que luce verdísima, casi como un prado asturiano. Los trigales, ya altos y verdes también, se pierden hasta el horizonte; suena el río; al fondo se desdibujan encinares y montañas.
Ahí, en la era, se deposita el paso sobre la hierba y el cura habla sobre la naturaleza, sus ciclos y el santo, claro. Los asistentes, muchos apoyados en sus bastones, escuchan en corro y, tal vez, recuerdan otros San Isidros de hace décadas.
La fiesta, al menos para mí, trasciende lo religioso. Ignoro si es una de esas fechas del calendario católico que recoge otras anteriores de origen pagano. Pero parece algo muy marcado en nuestro subconsciente de especie celebrar la explosión de la naturaleza en primavera, ese espectáculo gozoso, e invocar a quien se quiera para que ayude con un último empujón a las cosechas.
Coincide San Isidro con el momento en que las huertas reciben sus semillas y plantones. Libre esta tierra ya de heladas y bañada por horas de sol, los suelos labrados y preparados con mimo se disponen a repetir el milagro. Este año muchas serán barbecho, al igual que San Isidro ha dejado en suspenso su paseo. Pero la naturaleza, ese mundo al que pertenecemos y del que solo somos unos figurantes, no entiende de cuarentenas y ha explotado en colores y vida; no ha necesitado que estuviésemos ahí para verlo.
El año que viene, nos vemos en San Isidro. Salud y alegría.



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