El nacionalismo, un invento moderno que en el siglo XIX se presentó como constructor emocional de la idea de patria, decía superar las divisiones territoriales -los viejos reinos- y de clase con su inclusismo naíf, dado que la nación se reconocía en el pueblo y este era el detentador de la soberanía. Una forma de decir que ahí cabían todos.
La falacia se evidenció pronto: ni el pueblo era el que definía nada -¿qué/quién es el pueblo?, de la resolución de esto se encargó la paternal y rica burguesía- ni los proyectos nacionales eran tan inclusivos. En España, por poner un caso, poco coincidían las ensoñaciones revolucionarias y constitucionalistas sobre el pueblo de los liberales con las del tradicionalismo carlista. Y aún menos cuando hubo auténticas reclamaciones de la voluntad popular a través de su transmutación en campesinado o en proletariado, éstos sí indiscutiblemente pueblo. Los ricos siempre han querido al vulgo dócil; para antigubernamentales, desreguladores, neoliberales, etc., se bastan ellos.
Desde entonces, el nacionalismo ha sido un alpiste para consumo de tontos. En general, ha servido no tanto para definir al extranjero -el supuesto otro-, como al ajeno interior, a los extrañables de la comunidad nacional. En los periodos de guerra, por ejemplo, es más importante definir quién es el buen o malo nacional; o mejor, quién pertenece o no a la nación -ya saben, rojos, judíos, etc.-. La revelación final del nacionalismo es su exclusivismo, su selectividad, su capacidad para expulsar a los disconformes -nacionales- y secuestrar con ello la idea de la nación.
En este debate parece que seguimos. Los patronos de la desregulación económica, de la desprotección social y privatización de lo público han declarado propio al monarca constitucional, a la bandera, al himno y a los triunfos deportivos. Son los libertarios insolidarios, los grandes anarquistas, tal y como los señaló Chesterton, que no liberales por más que quiera Cayetana. Su definición de lo patriótico es, amén de estrecha, de un esencialismo abochornante, tan etéreo que nos vuelve a dar de comer aire. Dada la ausencia de espacio y hospitalidad, la única posibilidad es abandonar una simbología tan restrictiva para adoptar pertenencias inclusivas que pongan los acentos en derechos sociales que, amén de orgullo, confieran calidad a las vidas de los nacionales. O podemos seguir en el siglo XIX.
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