Victoria Lafora


Compasión

16/07/2020

El acto de homenaje a las víctimas del coronavirus, en el Palacio Real de Madrid, se convirtió en un insólito acto de unidad política ya que ningún presidente autonómico declinó su asistencia. Por primera vez, y ojalá sirva de precedente, la clase política española dio una hermosa imagen de unidad frente a las más altas autoridades europeas. En silencio, sin protagonismos innecesarios, y acompañados por la música de Brahms, tomaron la palabra los que, de verdad, tenían algo que decir: los que han perdido a un ser querido.

Fue el hermano del periodista José María Calleja, fallecido por el virus en abril, el que mencionó la palabra "compasión" como descripción del sentimiento de solidaridad entre la ciudadanía y la apelación a la imprescindible unidad para superar esta gravísima crisis sanitaria. Su relato sobre los sentimientos de duelo y soledad que comparten los familiares de los fallecidos debieron tocar el corazón de los presentes, más dedicados habitualmente a sus intereses partidistas que al dolor ajeno.

También el Jefe del Estado, que carga con su propia adversidad por imprescindible ruptura con su padre, apeló al espíritu de resistencia del pueblo español, destacando la "lección de inmenso valor que ha dado la sociedad española". El presidente catalán, Quim Torra, ha superado las mejores expectativas, no sólo ocupando su asiento en el patio de armas de la Plaza de Oriente, sino agradeciendo al Gobierno la organización de "tan sobrio homenaje". Habría resultado pintoresco que aprovechase el momento para hablar de independencia, sobre todo cuando que la otra y única interviniente, mujer, ha sido la enfermera, supervisora de urgencias del hospital Vall de Hebron de Barcelona.

Fue ella la encargada de recordar a los presentes que el virus sigue matando, que no hay que bajar la guardia. Y recordó a los compañeros sanitarios que se han dejado la vida tratando de salvar a los demás.

Es difícil aportar consuelo a las familias de los casi treinta mi fallecidos por la pandemia pero, pese a ser tachado de "frío" por alguno de los asistentes, quizá por la escenografía en círculo, con la separación social necesaria, el homenaje era imprescindible y necesitaba del respeto de la pluralidad religiosa.

Urkullu y Núñez Feijóo no han dudado en acudir a Madrid con sus cargos asegurados por los resultados electorales del pasado domingo, porque el maldito virus no discrimina por nacionalidades o lenguas y el acto homenajeaba a todas las víctimas sin color político ni origen territorial. Parece una perogrullada tener que decir esto a estas alturas de la tragedia, pero la imagen de unidad resultaba tan insólita cómo difícil va a ser sacar adelante unos nuevos presupuestos que ayuden a paliar la terrible crisis económica que tenemos encima.

Puestos a aportar un gramo de optimismo, sería deseable que la imagen de la Armería, en cualquier otro escenario, no sea la última, y que no exista la necesidad de hacer un segundo homenaje porque los muertos vuelvan a multiplicarse.



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