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María Albilla

María Albilla


Grieta

29/07/2021

Ojos inmensos con pestañas infinitas. Labios jugosos y con el toque justo de gloss. Pieles luminosas cercanas a la porcelana. Cinturas de avispa y pechos perfectos. Músculos delineados que ni el David de Miguel Ángel... Los filtros que ofrecen las redes sociales se han convertido en una herramienta de uso tan habitual como peligroso. Pero la lucha por la belleza real ha encontrado un nuevo aliado. Hace unos días el Ministerio noruego de Infancia e Igualdad aprobó una ley con la que prohíbe a los influencers y a los anunciantes publicar imágenes retocadas sin avisarlo.

El objetivo de la norma es ayudar a reducir la presión en la sociedad motivada por las personas idealizadas en la publicidad y las redes y surge de un debate público que lleva tiempo sobre la mesa sobre los estándares de belleza y las exigencias que estos implican. 

Reconozco no ser muy ducha en estos temas, pero sí muy consciente de la presión que estos cánones generalizados causan en la población, sobre todo en los más jóvenes, y cómo su autoestima se puede ver lesionada ante tanta exposición a imágenes que plantean solamente un único patrón de ser o parecer. Y lo peor es que el objetivo al que se aspira es el imposible de ser perfecto.

Como a todo se le puede poner música, pienso en la voz profunda de Leonard Cohen y en la trascendencia del mensaje de su canción Anthem (Himno), un tema de 1992 en el que nos da una respuesta a esta cuestión, aunque casi 30 años antes. La letra viene a decir algo así como: «Toca las campanas que aún pueden sonar, olvídate de tu oferta perfecta, hay una grieta en todo, así es como entra la luz». Pues bien, señores, esas grietas, esas imperfecciones, esos defectos que todos tenemos son nuestra luz. Todo eso es lo que nos hace únicos y lo que nos permite aprender, crecer, valorar la vida y tener una escala de valores nítida donde nuestra versión perfecta no tiene cabida por imposible.