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Esther Alonso

Ser o Tener

Esther Alonso


Burgosfobia

18/08/2021

Advertía a menudo una amiga de mi tía Amparo que: «Somos lo que comemos: melones comemos, melones ‘semos’». Y debo darle la razón, al ver que de tanto tragar el mensaje de «España nos roba, el Gobierno nos odia; España nos odia, el Gobierno nos roba», hay quien ha terminado por convertirse en un melón.
Dicen los que dicen que España les roba y los que dicen que España les odia, que son los que más riqueza crean, los que más empleo generan y los que más impuestos pagan. En ese sentido se sienten profundamente agraviados, al considerar que los Presupuestos Generales del Estado, la financiación de sus territorios y las competencias transferidas, entre otros temas, son insuficientes. 
Las filias y las fobias, aunque sobre todo estas últimas, siempre han sido muy españolas. Un trastorno bipolar que bien podría tener su origen en nuestro carácter tan apasionado y tan poco informado, que suele ser aprovechado por la clase política en el discurso simplista del «conmigo o contra mí».
Arrimando el ascua a la sardina burgalesa, podríamos comenzar a diseñar la bandera de la burgosfobia, una patología con similitudes al anticatalanismo de toda la vida y a la madrileñofobia intensificada desde hace un par de años atrás.  
La burgosfobia tiene sus principales focos infecciosos en Valladolid y Madrid, concretamente en los gobiernos autonómicos y central, desde los que tradicionalmente se ha impedido a nuestra provincia escalar cotas de crecimiento económico y social, teniendo en cuenta su aportación al PIB de la región y del Estado, siendo castigado permanentemente como consecuencia de su fortaleza industrial de la que, obviamente, Valladolid siente un profundo recelo.
Echar la culpa a los demás de nuestros duelos, sin asumir la responsabilidad que nos corresponde en nuestra desventaja respecto a otras zonas más prósperas, más reivindicativas o más tramposas, es lo que en realidad podría terminar por convertirnos en auténticos melones. Alimentarnos de proyectos propios, de políticos inteligentes y de ciudadanos con sentido crítico es la única dieta que convertirá a Burgos en un territorio económicamente cada vez más saludable, y alejarnos, por fortuna, de un menú estéril que solo suma calorías al odio y al miedo.