Plaza Mayor

Fernán Labajo


El último vagón

05/02/2021

En los años 90 el cielo era de unos pocos. Esta frase la dice uno de los personajes de El hombre de las mil caras para explicar que no todo el mundo en España podía permitirse viajar en avión. Si íbamos a la playa, lo hacíamos en coche o en autobús. Si un verano tirábamos la casa por la ventana, nos cruzábamos media Europa en tren hotel. Los niños de mi generación que tuvimos la suerte de ir a Eurodisney conocimos antes la ‘gare’ de Austerlitz que el aeropuerto Charles De Gaulle. 

Leo con tristeza que la pandemia ha servido como excusa para que Renfe suspenda el tren hotel. Defiendo las enormes ventajas de promover el AVE, pero lamento que se renuncie voluntariamente al placer de viajar. Los coches cama tenían ese espíritu romántico del trotamundos. Cierro los ojos y aún puedo escuchar el traqueteo de los vagones en plena noche. La bocina que anuncia que dejamos atrás Hendaya y que en unas horas amaneceremos en París. El revisor que toca la puerta para validar los pasajes: convoy cinco, compartimento treinta y nueve, litera B . Los buscavidas en mitad del pasillo, agazapados para evitar ser descubiertos antes de pisar Berlín. Y ese restaurante desde el que se divisaban los diamantes de los escaparates que alumbran la estación de Amberes. 

Viajar en tren hotel tenía un halo de misterio, un ambiente de cine negro. De película de Hitchcock en la que Cary Grant seduce a una rubia despampanante mientras comía un bistec pasado. Era un escenario que invitaba a fantasear con que en cualquier momento subirían espías con maletines. Dentro, un millón de dólares en billetes sin marcar. Pedirían Dry Martini y pasarían algún mensaje cifrado a alguno de los pasajeros. Cualquiera de nosotros. Tengo la esperanza de que se pondrá otra vez de moda. Ya lo han hecho los vinilos. Seguramente será un lujo. Y serán las vías de unos pocos y no el cielo.



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