En los últimos días la Unesco ha tenido algunos problemas para salvaguardar y defender ciertos lugares inscritos en su lista de Patrimonio de la Humanidad. ¿Se imaginan la Catedral de Burgos reducida a polvo y escombros para su total restauración? ¿O que en medio de los yacimientos arqueológicos de la Sierra de Atapuerca se construyera una carretera? Sería impensable. 
Pues bien, una urbe que ostenta el título de ciudad Patrimonio como Rabat ha visto como el centenario Café Moro de la kasbah de los Udaya ha sido totalmente derruido, víctima de un proyecto de restauración de la parte antigua de la ciudad.
Pero ahí no queda todo, con total impunidad parte de la Ciudad de los Muertos de El Cairo histórico, incluido en esta privilegiada lista de la Unesco, ha sido demolida por el régimen de El-Sisi para la construcción de una autopista.
Cuando se creó la Unesco en 1945, uno de sus objetivos era custodiar y garantizar el patrimonio cultural pero también promover la diversidad y el diálogo intercultural y fomentar una cultura de paz. 
Por eso no se entiende que Erdogan haya firmado recientemente un decreto en el que transfiere la propiedad de Santa Sofía a la Dirección de Asuntos Religiosos, revocando así su condición de museo para su apertura al culto, poniendo en riesgo su preservación y estructura, ya de por sí muy perjudicada por las humedades.
Erdogan se anota así un tanto político en su lucha por frenar su caída de popularidad y saciar las demandas del movimiento islamista «convirtiendo Santa Sofía en un premio simbólico para aquellos más interesados en poseerla que en rezar en ella» como apunta el analista Nicholas Danforth.
Con todo lo expuesto, solamente cabe esperar un cambio de designación de estos monumentos en la lista de patrimonio, pero esta vez en la de peligro de conservación y quizás un tirón de orejas por parte de la Unesco a los gobernantes de estos países que han decidido que sus intereses políticos son más importantes que la riqueza cultural de todo un planeta.