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Ana Castellanos

Ana Castellanos


Las náyades junto a Garoña

25/11/2021

La central nuclear de Santa María de Garoña utilizó durante sus más de cuatro décadas de funcionamiento las aguas del río Ebro para refrigerar el condensador de la turbina. Muchas fueron las críticas de grupos ecologistas hacia el uso de las aguas del cauce fluvial e incluso la propia Confederación Hidrográfica del Ebro y Nuclenor, propietaria de la planta, se enzarzaron en un pleito ante los tribunales por las severas exigencias que el organismo regulador impuso para poder renovar la autorización de vertidos entre 2013 y 2017. La CHE sostenía que las cosas se habían hecho bien y no se había detectado un empeoramiento del Ebro a su paso por la central nuclear, pero perseguía mejorar las condiciones ambientales del río en el futuro.

Aquella diatriba legal que nunca llegó a término, puesto que la planta acabó cerrando por otros motivos, me vino a la memoria hace pocas semanas cuando la CHE presentaba los óptimos resultados de los estudios sobre náyades en el Ebro, especialmente en los 40 kilómetros que separan Valdivielso del Valle de Tobalina. Allí los moluscos autóctonos viven felices y se reproducen como en ningún lugar de la cuenca del Ebro, pero para más inri, el trecho más espectacular por la población de estas especies, que son un termómetro de vida y salud en los ríos, se encuentra entre Cillaperlata y Mijaraluenga.

Quienes conocen el río saben que justo en medio de ese tramo de pocos kilómetros está Garoña, la denostada central nuclear que los ecologistas decían que destrozaba el río por las altas temperaturas con que salía el agua del sistema de refrigeración. Curiosamente, lejos de causar daño, ese tramo es ahora el hogar ideal para recuperar especies de náyades en riesgo de extinción y donde menos invasoras se cuentan. Curiosamente.