EL TIEMPO Y LOS DADOS

Manuel Juliá

Periodista y escritor


Las palabras y la basura

22/03/2021

Cervantes es interminable, pienso mientras leo Avenida de los misterios, de John Irving, y el protagonista, Diego Carlos, es un niño de la basura lector que atrapa los libros que los jesuitas tiran al vertedero de Oxaca, en Méjico. Son libros que inician el camino de la nada, como ocurre con tantos hoy, que están muriéndose en estanterías llenas de polvo o en cualquier vertedero que admita palabras y páginas.
El bachiller Sansón Carrasco y el cura son aquí el padre Alfonso y el padre Octavio, quienes deciden qué libros vale la pena guardar y cuáles han de destinarse al «basurero», que es el campo después de la batalla donde pueden señalarse con el dedo todos los accidentes de sueños, logros, afanes, proezas, cobardía y fracasos (Landero, Lluvia fina).
La suerte de estos está en ese niño lector que les da vida plena, suficiente nada menos que para ayudarle a ser un escritor de éxito. Esos libros muertos tienen un renacimiento.
Esa suerte no la tienen tantos libros de hoy que no tienen ni el primer llanto, suspiro o bostezo de la vida. Nacen y mueren.
Esto ocurre, pienso yo, porque los que escribimos no nos preguntamos antes si el libro que queremos publicar es necesario. Esa pregunta no se hace. Igual ocurre cuando hablamos. Muchas veces decimos palabras que nacen en la basura. Pasa en muchos ámbitos de la vida. Nos pasa a todos. Después de hablar sentimos que nada hemos dicho y que podríamos habernos ahorrado decirlo. Pero donde sobre todo pasa es en la política.
Si hubiese un vertedero de palabras, lo que más abundaría serían los discursos, las frases y ocurrencias y decires de muchos políticos (no de todos). Rastreo en mi memoria, y después de rebuscar algo válido, las horas que he escuchado a políticos se quedan en nada. No me han hablado de lo que me importa. Solo me consideran un espectador, por eso me dan espectáculo, por ejemplo, con enfrentamientos personales. Véase en este sentido el combate entre Ayuso e Iglesias. No nos dice nada, salvo la posibilidad de entretenernos un rato con retruécanos, chanzas y bilis.
Y qué me importa (para entretenimiento prefiero a Neflix), esta trifulca cañera, este desahogo ideológico, este darse pal pelo, si lo que quiero es que se dediquen a la pandemia y la vacunación, a las soluciones al paro y la gran crisis, a la depreciación de la educación, a la anemia de la cultura, al silencio de las librerías, a la muerte injusta de los sueños de tanta gente.
Que se dediquen a eso y dejen el espectáculo para los cómicos de ahora, que tienen que ganarse la vida y no necesitan competencia desleal. La política es hoy un vodevil que clama en el basurero de la inteligencia. 



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