Habas Contadas

Roberto Peral


Enero

11/01/2021

Le tenemos fe a 2021 porque consideramos imposible que nos salga peor que su funesto predecesor, pero lo cierto es que no lo hemos estrenado precisamente con buen pie. En Castilla y León se ha extendido el cierre de fronteras y el toque de queda hasta mayo, para espanto de hosteleros y agentes de viajes y desmoralización general de la tropa, y todo parece indicar que las restricciones se tornarán aún más rigurosas en los próximos días. Hemos comprobado además con desaliento que la promisoria campaña de vacunación no resulta ni tan rápida ni tan sencilla como en un principio nos habían hecho creer, y no detectamos por ningún lado indicios de la recuperación económica que pronosticaban los expertos: de momento, enero nos traerá una caída de la afiliación a la Seguridad Social en cerca de 80.000 personas. Para colmo de males, los especuladores de costumbre han aprovechado la borrasca que ha puesto media península patas arriba para desorbitar las tarifas del gas y de la electricidad, que se encabritan con el frío invernal de modo similar a como se dispara el precio de la lubina al llegar las fiestas navideñas, sin que nadie llegue a brindar una explicación razonable ni de lo uno ni de lo otro.
También hemos pasado un rato bien ameno con los acontecimientos registrados en Estados Unidos, faro del mundo libre, donde la realidad sigue superando con creces a la ficción más desbocada. Azuzados por el propio presidente del país, cientos de fascistas han asaltado el parlamento porque, en su delirio, juzgan ilegítimo cualquier gobierno que a ellos no les apetezca, por mucho que haya sido elegido de forma democrática (¿a qué les suena?). Y la presidenta de la Cámara de Representantes solicita en público que se desaloje de inmediato a Trump de la Casa Blanca, no le vaya a dar por apretar el botón nuclear y esto ya sea el acabose.
Así las cosas, algunos guasones vaticinan en las redes sociales que, de seguir por estos derroteros, dentro de unos días avistaremos un ejército de platillos volantes descolgándose de la bóveda celeste. Se lo comento en el ascensor a mi vecina del tercero, que se traga tres telediarios al día, y me mira con desgana mientras se encoge de hombros: «Pues vaya una cosa».