Plaza Mayor

Martín García Barbadillo


Mi madre

11/01/2021

Mi madre murió el martes pasado. Llegó al final después de ese eufemismo que se emplea a veces para no decir cáncer: una larga y penosa y enfermedad. Y fue ambas cosas.

Cuando la madre o el padre enferman de gravedad, a uno se le remueven los cimientos del mundo, al menos del suyo. Por muy mayor que se sea, incluso si uno mismo es padre, experimenta pánico ante la posibilidad de sentirse desamparado en el mundo. Al principio, surgen muchas preguntas: ¿cómo será en la enfermedad? ¿Cómo seré yo? ¿Seremos todos capaces?

Después, cuando las cosas se ponen cada vez más y más difíciles, uno descubre que mañana puede pasar cualquier cosa pero que a todo es posible acostumbrarse, y que en cada día oscuro se puede conseguir propiciar al menos unos momentos de luz. Descubre uno, igualmente, la enorme cantidad de gente que está presente en la vida de una familia, aunque en el día a día ni nos demos cuenta, y la suerte, a pesar de todo, de transitar por una travesía así en este país, reconfortado por los y las que han hecho de la sanidad un apoyo impagable para todos.

A lo largo de un proceso así, la cabeza de uno viaja rápido y rebota permanentemente como la bola de un pinball. Y se agota de sentir un sufrimiento que duele tanto como si fuera el propio, y desea que el dolor termine, y siente impotencia también. Pero cuando el final es inminente, todo vuelve a empezar y surgen los mismos miedos y preguntas del comienzo. Por mucho que uno quiera, no es posible imaginar ese momento preciso en el que la vida se acaba... y el después. 

En nuestro caso, ese momento, al menos yo así lo conservaré en mi memoria, estuvo impregnado de mucha paz. Nevaba suavemente y por la ventana de San Juan de Dios se veía el mismo pino que yo recordaba de cuando fui a ver a mi madre y conocer a mi hermano recién nacido cuarenta años atrás.

Ahora ya estamos en el después, pero un después recién comenzado, que todavía tiene que hacerse. Y no hay libro de instrucciones. Yo, de momento, paso mucho rato mirando una foto en la que mi madre se acerca a peinarme en el jardín de nuestra antigua casa de La Camposa, en las faldas del Castillo. Yo tendría unos cuatro años y era un día soleado; los dos sonreímos. ¿Se puede pedir más?

Salud y alegría.