TIEMPO MUERTO

Diego Izco

Periodista especializado en información deportiva


Ganar mal

27/11/2020

Perder, se puede perder. Todos tienen permiso para hacerlo porque esto es deporte y lo siguen practicando humanos que han podido pasar una mala noche o están cansados. Y porque hay un rival enfrente, un rival también con humanos que aciertan más, han dormido mejor, vete tú a saber cuáles son las circunstancias por las que te está ganando: porque son mejores, por ejemplo. O porque no lo son, pero están jugando mejor. O ni siquiera eso: ni son mejores ni juegan mejor, pero han tenido un golpe de suerte y ahora lo defienden con uñas, dientes, patadas y dos navajas. 
Sin embargo, así como hay derrotas con mil lecturas positivas, cuyo disgusto te dura lo de la ducha post-partido, hay victorias penosas y actitudes injustificables en un miserable 1-0. Un ejemplo: el partido entre el PSG y el Leipzig del pasado martes. Una celebración eufórica, unas matemáticas que salen (empate a puntos y ‘golaverage’ a favor de los franceses) y Neymar, autor del gol de penalti, haciendo un corte de mangas rabioso. Pero tras la ducha, una reflexión mucho más profunda: después de mil millones largos de inversión, no hay nada: ni patrón, ni juego, ni certezas. Un tiro a puerta y un 37 por ciento de posesión ante un Leipzig más ágil, fuerte y mejor trabajado, al que solo la falta de contundencia arriba (por la que el PSG ha pagado millonadas) le impidió salir triunfal de París.
Y sí, puede que ahora el destino sonría a los franceses, que ese puñetero gol y a especular le valga para meterse en octavos y vengan los de siempre a decirte «¿Y ahora qué? ¿Dónde está el valor de las victorias morales en la derrota?». Será un argumento irrefutable, claro, pero a estas alturas deberíamos tener más que superado el debate: en este fútbol moderno, mitad negocio y mitad espectáculo, los grandes no deberían tener permiso para ganar mal.