Libre de marca

Samuel Gil Quintana


01/06/2020

En un salto al vacío, la vida puede ofrecer mucho más que un simple golpe contra el suelo. El premio se multiplica con el riesgo, aunque parezca que uno se lo juega todo a cambio de nada.

El Burgos se asoma en los nuevos tiempos a un agujero tan profundo que no muestra su caída. Sin ir más lejos, las fechas o el formato de competición, dos escenarios que se manejan siempre, representan hoy un abismo plagado de incógnitas.

Cualquier futuro para el equipo blanquinegro se adivina ahora infinitamente más incierto que hace un año. No sabe cuándo arrancará la próxima temporada. No sabe si jugará con público. No sabe cuáles serán sus rivales. No sabe cómo ni cuántos equipos ascenderán a la nueva categoría. No sabe nada. O eso parece.

Recién estrenado, junio luce aún prematuro para demasiadas cosas. Solo los valientes se atreven a despejar las ecuaciones importantes. O a emborronarlas, al menos, en un papel. Pero no es fácil. Y menos, en tiempos de coronavirus. El fútbol que viene obliga a buscar respuestas sin saber si quiera cómo formular preguntas. Eso es, a veces, la vida: anticiparse a los acontecimientos.

Hace unas semanas, en El Plantío, el único lugar del mundo capaz de desbordar color pintado de blanco y negro, comenzaron a diseñar distintas campañas de abonados, contemplando las diferentes variantes que encerraba ese futuro incierto. Como John Nash en Una mente maravillosa, se pusieron a escribir con tiza en las ventanas. Se rompieron la cabeza. Todavía era pronto, pero nunca lo fue para su gente.

En la época del no, el Burgos le ha dicho a sus aficionados que sí. Que cuenta con ellos para saltar. Que el vacío no le da miedo. Que dura más el vuelo que el golpe contra el suelo.