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Juan José Laborda

RUMBOS EN LA CARTA

Juan José Laborda

Historiador y periodista. Expresidente del Senado


Amnesia histórica

05/12/2021

He conocido el discurso de Enrique Moradiellos (Oviedo, 1961), leído al incorporarse a la Real Academia de la Historia. Su título: ¿Quo vadis Hispania? Winston Churchill y la Guerra Civil española. 
Me ha interesado muchísimo, pues el historiador Moradiellos, investigando en los archivos personales del gran estadista británico, ha descubierto una clave para entender la llamada no intervención, la inhibición de las democracias británica y francesa, no apoyando a la II República Española, a pesar de que la URSS, y la Italia fascista y la Alemania hitleriana, se hicieron presentes en suelo español, durante los años de nuestra Guerra Civil.
La clave estuvo que tanto Churchill, como gran parte de los dirigentes políticos de Gran Bretaña y de Francia (incluyendo a León Blum (1872-1950), Jefe de gobierno del Frente Popular de Francia), vieron en la Guerra Civil española una circunstancia parecida a la del asesinato terrorista de Sarajevo en 1914, un conflicto que en principio fue local entre Serbia y Austria, pero que terminó desencadenando la Primera Guerra Mundial, cuyas secuelas en 1936 amenazaban a Europa (con Hitler en pleno rearme). Los gobiernos del Reino Unido y de la República Francesa temían que el conflicto bélico de España pudiese encender otra guerra en toda Europa, lo que, unos meses después de terminada la de España, no impidió la Segunda Guerra Mundial. 
Para comprender el enorme impacto que tuvo el asesinato del heredero de la monarquía de Austria-Hungría en Sarajevo, acudí al espléndido libro de Margaret MacMillan, 1914, De la paz a la guerra (edición original de 2013). 
Margaret MacMillan (Toronto, 1943) estudia las causas por la que una Europa que amaba la paz, y que estaba segura que la guerra era imposible por las nuevas y sólidas relaciones económicas internacionales, se precipitó en una matanza que duró hasta 1918, con terribles consecuencias sociales y geopolíticas, entre otras, que Europa perdió la hegemonía mundial que tenía en 1914. 
Margaret MacMillan analiza las posibles causas, y en todas ellas hubo siempre otra posibilidad que no fuese la guerra, y en cuanto a quién fue el culpable del horrible conflicto, los imperios centrales o los aliados, la historiadora canadiense confiesa que no se podrá saber nunca, dada la conjugación de prejuicios nacionalistas, la confianza de que sería una guerra muy corta (como las del siglo anterior), y las casualidades impredecibles (la historia nunca es racional ni previsible). 
Después del relato y del análisis crítico de los acontecimientos que provocaron el conflicto armado a finales de julio de 1914, Margaret MacMillan tiene sólo una certeza: que la guerra fue decidida por un pequeñísimo grupo de hombres (sí, todos varones), y yo deduzco y sintetizo que esa minoría todopoderosa -el káiser, el emperador, el zar, y los dirigentes de las democracias- adoptaron sus estúpidas decisiones sin tener en cuenta la anterior historia de sus naciones, y de sus posibles enemigos, o simplemente, la desconocían absolutamente. 
Y esta observación de MacMillan me conduce al texto leído por Enrique Moradiellos. En comparación con la imprudencia de los dirigentes de 1914 y 1918, entre 1936 y 1945 hubo un grupo de líderes mundiales, cuyo ejemplo más notable es Churchill, que sí tuvieron sentido de la historia. 
Enrique Moradiellos nos impresiona con un Churchill obsesionado por el recuerdo del asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, temiendo lo que podía suceder en toda Europa si la guerra española se convertía en un nuevo Sarajevo. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, esos líderes con conciencia histórica, tuvieron muy presente los errores históricos de la Primera, y en lugar de castigar a los vencidos, pusieron en marcha un programa de reconstrucción para que Alemania y Japón se transformaran en democracias plenas. Margaret MacMillan compara la idiotez de los hombres de 1914, con la prudencia del presidente Kennedy: en lugar de hacer caso a sus generales, partidarios de responder militarmente a los soviéticos en la crisis de los misiles en Cuba, el presidente americano negoció con ellos; Kennedy acababa de leer un relato histórico escrito por Barbara Tuchman sobre los catastróficos errores de 1914.      
Esa conciencia histórica la tuvieron, también, los líderes mundiales cuando la URSS saltó por los aires: Helmut Kohl, François Mitterrand, Mijaíl Gorbachov, Jacques Delors, o Felipe González entendieron la historia -especialmente en Europa- como un límite para la política. 
Eso ha cambiado en nuestros días, desde la cumbre de las Azores (Bush, Blair y Aznar y sus armas de destrucción masiva), hasta el Brexit… (suma y sigue).
Y ahora, en España, esa amnesia histórica está en el proyecto de ley llamado Memoria democrática. Ese proyecto de ley puede abolir la ley de amnistía aprobada por las primeras Cámaras democráticas de 1977. Para ese proyecto, esa ley de amnistía pertenece al periodo franquista; el ministro que la presentó, afirmó que era una ley conservadora o de derechas, desconociendo que fue presentada por el PSOE y el PCE, y lo más importante, aprobada por un gran consenso, con la excepción de AP, que se abstuvo. 
El ministro tuvo que rectificar después. Pero la incógnita permanece: si la ley de amnistía de 1977 se toca, todo el edificio de la Constitución de 1978 se derrumbará. Y ante ese riesgo, no podemos callar. Los errores de 1914 se decidieron en pocos días, pero sus desdichas aún están condicionando nuestras vidas.