LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Noche en la ciudad

13/11/2020

Hace mucho tiempo, leí a un economista estadounidense cuyo nombre no recuerdo, criticar la introducción del impuesto al consumo japonés que pretendía ascender a un tímido 5%. Su argumento se centraba en que los agudos problemas del Estado japonés no eran de ingresos sino de gasto y que la tentación de subirlos en el futuro por la clase política sería irresistible. He de reconocer que me molestó mucho el feroz individualismo que destilaban sus palabras, esa actitud insolidaria y egoísta tan propia de la élite americana que desprecia el sufrimiento humano.

Tras el paso del tiempo, no podemos negar la evidencia que la clase política occidental ha demostrado que es incapaz de reformar el sistema que ellos crearon. Esta impotencia no es fruto de la incapacidad intelectual de los dirigentes, sino de su rechazo a renunciar a un poder que les excita. Los ciudadanos tampoco es que hayamos andado muy listos, porque hemos preferido los cantos de sirena y posponer las necesarias medidas para proteger una sociedad equilibrada. Incluso hay individuos que consideran que sus ideas son tan brillantes y acertadas que optan por abstenerse en su ejercicio cívico porque ningún partido político o candidato está dispuesto a aplicar las acciones que ellos demandan. El concepto del mal menor no lo han captado y su pasividad les hará corresponsables en el futuro.

Basta con repasar la historia para confirmar que todas las construcciones políticas que han caído con anterioridad pasaron primero por una crisis recaudatoria, la cual les impidió cumplir con sus obligaciones básicas. Los gobernantes nunca han tenido problemas en dictar reglas fiscales confiscatorias que por altas, fueran absurdas. El problema no reside en dictar objetivos de recaudación sino en generar riqueza. Este matiz explica por qué cualquier cálculo impositivo al alza fracasa, ya que el papel aguanta todo menos la cruda realidad por venir.

Todos intuimos que el modelo actual, con una pirámide poblacional invertida y una esperanza de vida creciente, es insostenible. Los impuestos son indispensables, porque colectivamente es necesario que juntemos esfuerzos para garantizar ciertos servicios. Estos recursos deben limitarse exclusivamente a cubrir esas necesidades. Por tanto, la discusión no es cuánto sino para qué. Esto último es lo que los políticos y los votantes eluden tozudamente. Cuando empezamos a cuestionarnos en qué se gastan el dinero los políticos, descubres que la política fiscal no tiene recorrido. ¿Quién será el primero en decírselo a los pensionistas y funcionarios europeos?



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