Plaza Mayor

Leticia Ortiz


Botando

02/12/2020

Ardían las redes sociales por las imágenes que llegaban de una Argentina rota de dolor, huérfana de ídolos. Por cierto, odio eso de ardían las redes, tan de periodistas que creen que el mundo es Twitter y no hay nada más allá del pajarito azul. De hecho, las conversaciones en torno a la despedida de Maradona se dieron más allá del mundo virtual. Si los bares hubieran estado abiertos -cuánto os echamos de menos-, el adiós exagerado, tanguero, políticamente incorrecto y violento hubiera sido objeto de debate en esas barras que tanto añoramos.
En esta sociedad blanca, perfecta, correctístima y creyente a pies juntillas en aquello de que «de esta saldremos mejores» ver a miles de ciudadanos en la calle, en plena pandemia y sin mascarilla, buscando el consuelo de otro compatriota, aunque no lo conozca de nada, escapa a la razón. Y más aún si todo eso es por un tipo machista, drogadicto, contradictorio y faltón que ‘sólo’ era bueno -quizá el mejor- dándole patadas a un balón. 
Demasiados tabúes juntos como para no poner el grito en el cielo viendo la batalla campal alrededor de la Casa Rosada. O, incluso, viendo las bengalas tiñendo de rojo el cielo de Nápoles, la otra patria chica del ‘10’ que también se lanzó a las calles para despedir al ídolo que le llevó donde nunca antes soñó. 
Recopilemos: muerte -el gran tabú de la sociedad moderna-; un ídolo con más sombras que luces que nos pone ante el espejo de que nada es blanco o negro; y una sociedad apasionada, que no tiene problema en mostrar su dolor por aquel que les hizo feliz. Demasiadas circunstancias políticamente incorrectas para que los controladores de la moral, los neocensores, los verdaderos herederos de la Inquisición, no aprovechasen para salir a soltar su sermón moralista. Se la dejaron botando. Lástima que no tienen, ninguno, la izquierda del Diego para colarla en la escuadra. Y la moralina les queda vulgar. Como lo es el fútbol sin genios.