Plaza Mayor

Fernán Labajo


Un póster

17/11/2020

Me gusta mucho el anuncio en el que Rafa Nadal le recomienda a un niño que no intente ser como él. Que busque aquello que le hace único. Es un buen consejo teniendo en cuenta que cada vez es más difícil encontrar lo genuino en un mundo en el que existe esa obsesión por copiar a nuestros referentes, animados por una sociedad que siempre mirará al pasado para comparar. Me acuerdo de aquella escena de El mismo amor, la misma lluvia, en la que el personaje de Soledad Villamil le dice al de Ricardo Darín que a la hora de escribir tiene algo de Cortázar. «Sí, un póster», contesta él.                
La música, el cine, el deporte, la literatura, la política, el periodismo. Poco queda ya que se libre de las comparaciones absurdas y ventajistas. El nuevo Cela, los Beatles españoles, el Mandela blanco, el sucesor de Maradona, incluso el de Messi, al que ya quieren enterrar vivo. Una carrera por ver en qué momento lo último destrona a lo antiguo, como si aquello nos fuera a devolver al pasado para tratar de solucionar una competición absurda e imposible. Un deseo remoto que casi siempre está ligado a esa dificultad por pasar página y que deriva en un inexplicable afán por ser quienes nunca lograremos. 

No es de extrañar que los famosos estén montados en el dólar gracias a las redes sociales. Ni que chavales de 20 años sean millonarios por jugar bien a la consola o por el mero hecho de ser atractivos y vestir a la moda. Legiones de adolescentes siguen a pies juntillas sus dogmas como si de una nueva Biblia se tratara. Tobillos al aire en pleno invierno, chándales como prenda fetiche que sirve hasta para ir de comunión, fotos frente a librerías antiguas en las que nunca entrarán y amor por una música monorítmica de letras cuestionables. «Lo ha dicho fulanita en Instagram», dicen. Porque ahora todos quieren ser la del póster.



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