Desde la campiña

Carmen Hernando


Como churros

30/04/2021

Se pueden decir muchas cosas buenas sobre la sanidad pública y sobre todos los profesionales que forman parte de ella, pero hoy me quiero centrar en algo que creo que hay que mejorar: la humanización del servicio de urgencias.
Hace unas semanas pasé a engrosar el listado de personas contagiadas por la covid-19, y en uno de los capítulos de esta enfermedad tuve que pasar por Urgencias del HUBU. El trato dispensado por cada uno de los profesionales que allí me encontré fue impecable. Ahora bien, como conjunto, la experiencia fue desastrosa. 
Cuando alguien va a Urgencias, o tiene un problema muy grave, o está muy preocupado, o las dos cosas, por lo que en todo caso se encuentra en una situación de extrema vulnerabilidad. Y dado este contexto, a mí me parece que lo más importante es que un técnico se haga cargo de esta persona cuando llega. Pues nada más lejos de la realidad. Cada profesional asume su parcelita de responsabilidad concreta -tomar los datos, indicar al paciente dónde se tiene que sentar, hacerle una placa…- y lo que suceda con ese enfermo más allá de ese compromiso ni le incumbe ni le afecta. 
Lo lógico, creo yo, sería que alguien tuviese la obligación de acompañar e informar al paciente desde que entra en esa unidad hasta que se va a su casa. No hacen falta ingentes protocolos ni extensas explicaciones. Simplemente se trata de que el enfermo sienta que si se quedara en la misma silla durante 5 días, alguien se daría cuenta. Bastaría con que una persona le comentase de manera somera nada más entrar cuál es su itinerario previsto, los tiempos aproximados y los posibles diagnósticos, y le actualizase esta información de vez en cuando. Y sobre todo, que le proporcionase algo tan sencillo como un nombre para que en cualquier momento pueda decir: quiero hablar con Ana Moya, que es mi responsable. Así, cuando necesite confirmar si se han olvidado de ella o no, pueda llamar a esta persona, ella venga y le ponga al corriente de su situación. De este modo, al malestar provocado por la enfermedad no habría que sumar la inquietud por el abandono y la incertidumbre. 
No parece tan difícil… ¿no?



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