Plaza Mayor

Fernán Labajo


Y yo que te tuve miedo

11/01/2021

La mayoría de las conversaciones que guardo con cariño en mi memoria han versado sobre la felicidad. Siempre que me preguntan qué significa para mí respondo lo mismo. Que son momentos. Episodios fugaces, efímeros pero intensos. La brisa de la primera noche de verano, el roce de la arena de la playa en las plantas de los pies, levantarse a las 12 un sábado, una inocente caricia, cualquier canción del Moondance de Van Morrison o dos horas en la oscuridad de un cine.                 

Más doloroso incluso que no poder pisar las salas en seis meses ha sido el miedo que me ha generado ponerme frente a una pantalla. Ojalá la vacuna no solo nos inocule los anticuerpos necesarios para combatir al engendro que nos está haciendo la vida imposible. Espero que también extraiga el temor que nos impide ser nosotros mismos. Ese que está pudriendo aquello que nos hace felices, aunque dure tan poco. 

Hace unos días volví al lugar en el que se forjan los sueños, como diría Humphrey Bogart en El halcón maltés. Lo hice a hurtadillas, casi a escondidas de los más queridos. Pensé que al entrar sería como revivir el placer de las primeras veces. El hormigueo de una cita furtiva a lo Romeo y Julieta. Pero en los pasillos me sentía más como un colegial de doce años fumando a escondidas en una esquina del recreo. Ya en la sala, agazapado en mi butaca como si fuera un espía de la Stasi en el Berlín occidental, recelaba del buen uso de las mascarillas de los que me rodeaban. 

Cayeron las luces y el proyector iluminó la lona blanca rectangular. De repente el cine fue como un refugio, un búnker en el que no había espacio para el alienígena que nos aterra desde marzo. De nuevo, la felicidad fue una suave brisa, fugaz pero intensa.