María Albilla


La cruz del mapa

03/09/2020

Mi admirado Sabina dice en Peces de ciudad que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Y mira que me cuesta, pero no estoy para nada de acuerdo. Escribo estas líneas mirando por la ventana de uno de los lugares en los que más feliz he sido, la casa de mis abuelos en mi pueblo, Presencio, y a la que nunca he dejado de querer volver porque es aquí y no en ninguna otra parte del mundo donde están mis raíces.
El arraigo, el sentirse perteneciente a un lugar, es un cable a tierra en un mundo trepidante y loco que cada vez se mueve (al menos hasta que nos ha frenado el coronavirus) a más velocidad. Volver a casa, volver a la raíz, es regresar a uno mismo. A mí me sirve también para revisar parte de esa mochila con la que cargamos en la vida. Y esa revisión no es para sacar y soltar lastre, sino para mantener la esencia de las personas, los lugares y los valores que he aprendido en mi pueblo y de mi familia.
Sigo mirando por la ventana y les veo a ellos. Son los que han estado siempre ahí. Desde el principio. Y siguen ahí, hasta los que ya no están. De ellos aprendí que el amor no tiene condiciones, que la unión hace la fuerza, que cuando uno ayuda no necesita nada a cambio y que este carácter recio tan castellano no está reñido con la bondad ni con la simpatía. Aquí he aprendido a apreciar la belleza de los campos de Castilla en cada estación y a descubrir que estos paisajes que encumbró Machado son el más puro sinónimo de la vida. También he aprendido a disfrutar de una ciruelas o unas cerezas recién cogidas del árbol y del sabor real de los tomates de la huerta.
Ser de pueblo y que mi familia sea de pueblo es una honra que llevo en mis apellidos. Soy feliz aquí, por eso vuelvo siempre que puedo y, por supuesto, no perdono ningún estío, mucho menos este, claro.
La ventana de mi habitación da a la huerta que cada mañana de verano regaba mi abuela y desde aquí veo cómo acaban de colorear los tomates. Me despiertan los pájaros, me acuna el silencio y vuelve la calma. También los recuerdos. Porque aquí fui feliz y espero que Presencio, mi pueblo, siga siendo la cruz del mapa a la que siempre pueda regresar.