Miro con pena a mis hijos entregados a la tecnología que ocupa su merecido descanso veraniego. Horas y horas con el móvil o la tablet jugando, o peor, viendo vídeos estúpidos repletos de absurdeces. Para más inri, con las restricciones del virus, las alternativas se hacen difíciles y quedan doblemente aislados, paradójicamente desconectados de la realidad, de su entorno, ignorantes de lo de aquí. 
De niño, el verano empezaba con el desempolve de la bicicleta, la búsqueda de buenas gomas para un tirachinas decente, el robo de tarros en la cocina para, agujereadas las tapas, guardar en ellos bichos ponzoñosos y la preparación de cabañas o refugios secretos. En los bolsillos se agolpaban los huesos de albaricoque vueltos chiflos potentes, una navaja sin punta, un cordel, algunas canicas, puede que hasta una foto del Lib doblada en veinte pliegues. Íbamos al kiosco y comprábamos una bolsita de pipas Facundo, blanca, con el toro en perpetuo lamento…, o un Kojac, o el sempiterno palo de regaliz. Bajábamos al río a controlar los ladrillos que encamaban a los cangrejos, y hacíamos saltar piedras hasta la otra orilla. Por las mañanas, antes de que el calor amolara, una visita a la Casa de la Cultura nos embarcaba junto a Tintín y el capitán Haddock, el corsario negro, el León de Damasco, los Cinco, los Siete, los Tres investigadores, Lucky Luke, Corto Maltés… en aventuras sin fin que trasladábamos a nuestros juegos y galopadas. Yo me perdía solo con mi caballo de dos ruedas y nadie se preocupaba de dónde estaba ni de qué hacía, así que investigaba caminos y desmontes, me llegaba a la vía del tren a poner algún clavo grande que acabara como un cuchillo o iba a ver el juego de la tuta, convertido en espectador silencioso de aquellos hombrones con el pelo apelmazado hacia atrás, unas manos en las que se perdían los pesados discos y que trasegaban porrón como si fuera el caño de la fuente. Las tardes de ventolera o tormenta seguía leyendo misterios o aventuras piratas. 
Mi padre me miraba de pascuas a ramos y decía: «Los niños de ahora no sabéis jugar, cuando yo era pequeño sí que nos divertíamos luchando contra los de San Gil o poniendo latas de meados en las puertas…».
Sic transit Gloria mundi.
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