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Francisco Muro de Íscar

MUY PERSONAL

Francisco Muro de Íscar

Periodista


El derecho a la felicidad transitoria

21/10/2021

Pedro Sánchez defiende el derecho a la felicidad transitoria, un espacio permanentemente cambiante que le permite avanzar en una dirección y en la contraria, cambiar sus compromisos, negociar, variar el rumbo y romper la negociación, gobernar con la extrema izquierda, aceptar sus postulados, y autodenominarse socialdemócrata, criticar a Otegi por no condenar los crímenes de ETA pero aprovecharse de sus votos a cambio de beneficios para los terroristas encarcelados, defender la unidad de España y dar alas a ERC para que avance en su proceso independentista, siempre que mantenga su apoyo al Gobierno...

El derecho a la felicidad permanente podría entenderse en la niñez y la adolescencia, pero el problema es que la adolescencia, en muchos casos, ahora dura toda la vida. A un profesor de mi hijo le pregunté un día cuando se pasaba esa "fiebre": "A muchos, me dijo, este curso; a algunos, el próximo; a la mayoría al entrar en la Universidad; a unos pocos, a los treinta o a los cuarenta, a otros, nunca...". ¿Cuándo se le pasará a Sánchez? Instalado en la felicidad transitoria, progresa adecuadamente para no cambiar de estado.

Otegi se sigue riendo de todos y ha logrado que el décimo aniversario de la derrota de ETA por la ley, la justicia y las fuerzas de seguridad del Estado, lo protagonice una descafeinada declaración de que "nos equivocamos y lo sentimos". Otegi ha dicho que, si para lograr la liberación de sus compañeros de armas es preciso apoyar los presupuestos de Sánchez, lo hará. Y me temo que Sánchez aceptará sus votos. Y si el presidente tiene que hacer otras concesiones al PNV, lo hará. Y si hay que derogar la reforma laboral para mantener la alianza con Podemos, lo hará, aunque Europa haya dicho que no se debe y a los empresarios les haya prometido que no lo hará.

El nuevo alcalde de Lisboa, que ha ganado las elecciones contra todo pronóstico, incluido el de su propio partido, asegura que su primera condición como candidato fue no hacer alianzas con populistas porque "el populismo, de izquierdas o de derechas, está matando la democracia" y que no piensa en "dar un golpe bajo al adversario, sino en las ideas y en los contenidos, en tender puentes". Igual que aquí. También dice que aprendió mucho de su padre, que era comunista, "pero también sobre la ideología comunista, en la que la persona es, apenas, un utensilio y no puede pensar por sí misma, porque es el partido el que decide". ¿Solo sucede eso en el comunismo?

Estamos entrando en una espiral peligrosa en la política y en la justicia, tal vez porque el populismo se ha metido mucho más dentro de nosotros y de las instituciones de lo que pensamos. No solo es que determinados miembros del Gobierno critiquen sentencias firmes y afirmen que el tribunal se ha equivocado. Es que el Parlamento acaba de corregir al Tribunal Supremo y ha decidido que un diputado que ha sido inhabilitado por una sentencia firme siga en su puesto.

No solo el partido no aplica su código ético interno, sino que desafía al Tribunal Supremo, por lo que, evidentemente, defiende que no todos somos iguales ante la ley, sino que algunos tienen privilegios especiales. O que el Tribunal Supremo inadmita los recursos del PP y de Vox contra el nombramiento de Dolores Delgado como fiscal general del Estado, porque no están legitimados para recurrir, pero no entre en el fondo del asunto que es saber si ese nombramiento está hecho o no conforme a derecho y si respeta o no la inexcusable imparcialidad del cargo. O que el Tribunal Constitucional aplace decisiones complejas, pero prácticamente tomadas porque se va a renovar parcialmente o tarde casi tres lustros en decidir sobre un recurso. Gracias a esos pactos y a esas no-decisiones, unos y otros, políticos y jueces, aunque incumplan el mandato ético de resolver los problemas reales de los ciudadanos, permanecen en ese inmaduro, pero eficaz estado de felicidad transitoria que no sabemos cuánto puede durar.