María Albilla


Un brindis por los pequeños placeres

05/06/2020

Tengo un amigo que cada vez que salimos de cañas dice eso de «hay que ver cómo refresca la primera cerveza...» y tiene más razón que un santo. Traigo a colación este chascarrillo en mi estreno en esta columna porque quiero compartir la satisfacción de las pequeñas cosas y el grato momento que fue tomarme mi primera cerveza post confinamiento y bien entrada la fase 1, esa que pude degustar en la terraza de un bar coincidiendo con los primeros calores y que algún día, si me acuerdo, contaré a mis nietos. 
Fue inesperado que una amiga llamara al timbre de mi casa. Siempre con mis business entre manos, que no eran otros que hacer unos remiendos, atendí su petición y bajé al portal a arreglar el mundo con ella. En un par de minutos -o algo más- todo estaba listo, pero, justo en frente de casa, una mesa y unas sillas a la sombra de un castaño nos invitaban a alargar la charla. ¿Vamos?, me pregunta. ¡Venga!, le digo. Y a mí, que no sé si me gusta algo en esta vida más que unos zapatos de tacón para ir a cualquier sitio, me planté en la terraza a tomar mi primera caña en zapatillas de estar en casa, con la aguja prendida en la pechera y el uniforme de la cuarentena.
Un poco sonrojada ante tal estampa, se me pasó cualquier apuro cuando le di el primer sorbo a la caña. Nadie reparó en lo que yo llevara en los pies y mucho menos le importaba. La conversación con mi amiga se puso interesante. O no. Igual solo hablamos del último post de La vecina rubia, pero disfruté tanto del momento, de mi amiga, del sol, de la alegría en el ambiente y de mi caña, que me pareció uno de los mejores momentos del año.  Y eso es la vida, ¿no? La misma vida que ahora nos pone en bandeja redescubrir sus pequeños placeres y nos ofrece ser más conscientes de que la meta está en el camino. ¡Salud!



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