Libre de marca

Samuel Gil Quintana


Jugar a nada

16/11/2020

Desde lo alto de esta columna, al borde del precipicio, dudo si lanzarme al vacío o lamentar, de nuevo, un estadio sin público. Aquí arriba, desde luego, no puedo quedarme. Por eso les propongo un viaje. De cuatro paradas, como estaciones tiene un año; como gradas vacías lucía este sábado El Plantío.

La primera parada es el césped. Sobre él, Burgos y Langreo juegan un partido raro. El Burgos propone y lo intenta. Marca un gol legal y se lo anulan. Hace casi todo bien pero el fútbol no es como esos exámenes en los que el correcto desarrollo de un ejercicio otorga puntos. Los puntos llegan con los goles. Y es el Langreo quien golpea. Párala, Barovero.

La segunda parada es la última arenga del prepa del Burgos a sus futbolistas antes del inicio de la segunda parte. No se le oye –extraño, porque no le tapa ni un solo ruido– pero les dice que este partido solo tiene un destino: la victoria. Y empieza la segunda mitad y el Burgos se come la hierba. Las tiene de todos los colores. Pero Miguel Santos engancha la volea de su vida. Párala, Barovero.

La tercera parada es mi teléfono móvil vibrando en el bolsillo. Me escribe Diego, un amigo que lleva al Burgos en la sangre. Me dice que no jugamos a nada. Levanto la vista y Cerrajería, que acaba de tener otra clarísima, sienta a un rival con una ruleta, juega con Mumo, éste encuentra a Juanma, Álvaro pone el centro y Medina, en boca de gol, no dirige su testarazo. Estamos perdiendo. No las metemos. Pero jugar, jugamos bastante. Ni mucho menos a nada.  La cuarta parada es la que le hace el asturiano Adrián Torre a Guillermo en el 92. La enésima ocasión de un choque que puede dar lugar a lecturas exageradas. Como esa de que el Burgos no juega a nada. A nada jugaba el Madrid de Capello, y ganó una liga. 



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