Plaza Mayor

Evaristo Arzalluz


Sin tarjeta de crédito

11/11/2020

Domingo. La casita era humilde y el pueblo una pequeña localidad perdida en la sierra. El médico y el enfermero entraron. Allí estaba Octavio, encamado, con sus ropas encima haciendo de colcha. El enfermero le tomó las constantes: fiebre. El médico le auscultó: torció el gesto. Prueba de antígenos rápidos: resultado positivo. Llamada al 112. Al poco, una ambulancia aparece sorteando con dificultad las calles estrechas entre las casas de piedra. Dos técnicos ayudan a Octavio con delicadeza y cariño a subirse a la camilla y se lo llevan al hospital de la capital, donde un equipo de médicos y enfermeros exquisitamente formados le hacen toda clase de pruebas. Le ingresan en una habitación como la de un hotel de lujo. Octavio observa desde su nueva cama deambular a médicos, enfermeros, auxiliares y celadores que le auscultan, le toman la temperatura, le lavan y le traen de comer. Está abrumado pero totalmente confiado.
Arístides es inmigrante. Aparece en el centro de salud llevado por dos compañeros. No le pasa nada, sólo que está mareado. El médico le toma la tensión: alarmantemente baja. Llama de nuevo al 112. Se lo llevan. Al cabo de un par de horas, el médico consulta en el ordenador: ya está colgado el informe del hospital. Le han metido en el quirófano de urgencia. Shock séptico. El médico se reclina hacia atrás en la silla y suspira. Una vida salvada.
Ni Octavio ni Arístides soñaron nunca en ser atendidos de esta forma. Pero ni a uno ni a otro le ha pedido nadie la tarjeta de crédito. Tampoco les han preguntado cuánto han cotizado ni durante cuánto tiempo. Les han atendido los mismos médicos y las mismas enfermeras que hubieran atendido al alcalde, o al notario, o al obispo;  les han dado de comer lo mismo y han estado en la misma habitación y en el mismo quirófano. 
Esa es la grandeza de nuestra sanidad. 



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