Habas Contadas

Roberto Peral


A falta de mimos

16/11/2020

Nos da un poco de vergüenza admitirlo, pero la mera verdad es que sabemos bien poquita cosa de los belgas. Tal es nuestra ignorancia, que ni de tópicos con que trazar de ellos un retrato grueso disponemos, más allá de que se trata de esos señores que se pasan el día atiborrándose de mejillones con patatas fritas y que han aprendido a hacer vida normal en medio de una realidad política endiablada. Cuando gastábamos pantalón corto éramos capaces de citar con admiración a Eddy Merckx, el ciclista insaciable que hacía la vida imposible al pobre Luis Ocaña, y a Hergé, el padre del reportero Tintín; y, ya talludos, apenas hemos añadido un par de nombres o tres a nuestra particular lista de belgas célebres, como los de Jean-Claude Van Damme, impávido actor que reparte unas bofetadas que quitan todas las manías, y Victor d’Hondt, inventor del método electoral que rige en nuestro solar patrio.
Pero en los últimos días hemos aprendido a mirar a los belgas con mayor interés, después de que su gobierno, para aliviar el estricto confinamiento doméstico que se ha visto impelido a decretar, haya anunciado la creación del llamado «compañero de mimos»: la figura tal, orientada a proteger a los ciudadanos de los perniciosos efectos de la soledad, faculta a cada contribuyente a designar una persona ajena a su unidad familiar (quienes viven solos podrán elegir dos, aunque, claro, no se les autoriza a solazarse con ambos al mismo tiempo) con el que mantener contacto físico de vez en cuando, a fin de que le procure consuelo en los términos que libremente se hayan acordado.
Si los peores presagios se cumplen, y camino llevan de hacerlo, uno hace votos por que cunda el ejemplo de las autoridades belgas y se establezca en nuestro país la cariñosa excepción de que aquí se trata. A algunos, por descontado, les ayudará a exorcizar los demonios de la abstinencia carnal, en tanto otros podremos al menos vaciar un par de cervezas con un compadre y escarnecer a gusto a Sergio Ramos, debatir sobre la función de la escuela concertada o cantar enlazados por los hombros una romanza de La del manojo de rosas. Porque, para qué engañarnos, todos andamos muy faltos de mimos de un tiempo a esta parte.



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